Mi mamá me avisó hace unos días de un concurso de relatos cortos, donde la obligación es que aparezca la palabra amanecer. Pueden ver las bases en esta página a quien le interese: http://www.zendalibros.com/amanecer/
Te llamaba para contarte….
Hoy no estoy de humor. Me levanté
con pocas horas de sueño y encime tuve algunas pesadillas. Dejaba la puerta
abierta, estaba con alguien adentro de mi casa, creo que mi mamá. Sí, sin duda
era mi mamá. Entraba un hombre joven a la casa que nunca había visto. Tenía
cara de medio loquito. Sí, me daba escalofríos. Sabía cuáles eran sus
intenciones, pero no había forcejeo, todo se daba naturalmente. De alguna
manera yo le seguía el juego para no generar conflicto. Pero sí gritaba alto,
muy alto ¨Mamá, llamá a la policía¨. Tan alto grito en el sueño que lo grito
realmente y mi propia voz me despierta. Tan alto grité que no me pude volver a
dormir. Mi mente comenzó a jugar con las mismas ideas de siempre, los mismos
personajes, que nunca se sabe si son reales o inventados; claro, como si lo
real existiera. Todo al fin y al cabo es una creación nuestra. Hasta nosotros
somos nuestra propia creación, algo así como Frankentein creó su monstruo,
nosotros nos transformamos en ese ser espantoso que piensa constantemente,
perdiendo tiempo y energía en sin sentidos. Sueño mucho últimamente, justamente
lo último no es la mente en estos días. Está demasiado presente, más de lo que
quiero y definitivamente más de lo que la necesito. Estoy con ganas de
desaparecer. Me vuelve esta sensación cada tanto. Quiero acobacharme en la cama
y no salir por días, quedarme eternamente en un costado del futón tapada con un
libro en una mano y un té en la otra, meterme en un cine donde pasen una
película que dure mil horas, salir por la ruta con el auto sin destino y sin
que nadie sepa dónde estoy. Claro que nunca termino haciendo nada de esto, no
es más que una fantasía , una necesidad de estar más conmigo que con el mundo.
Por qué siempre elijo al mundo aún no sé, creo que eso está cambiando, pero no
quiero ser un avestruz y esconder la cabeza bajo la tierra. No sé qué quiero,
pero eso seguro que no. Hoy no estoy de humor y no sé por qué. Hoy dije la
palabra tristeza cuatro veces y me lo hicieron notar. Claro está que la pileta
sucia no es triste, ni la silla destartalada con hojas arriba es triste,
tampoco la relación de fulano con mengano es triste. Yo lo estoy viendo así por
algún motivo, las palabras son poderosas. Hace diez años atrás usaba de manera
compulsiva la palabra horror, luego fue la palabra complicado, hoy es la
palabra tristeza. Llamativamente decimos
que algo nos pone felices usando el objeto indirecto de manera correcta tanto
para la gramática como para nuestro espíritu. Pero cuando algo nos pone triste
porque probablemente nosotros ya estemos tristes de antemano, impersonalizamos
la frase y le echamos la culpa al objeto, hecho o evento. Lo ponemos por fuera.
Hoy puede ser, sí, me levanté triste. Y
cuando pasa eso cierro los ojos y pienso en el sol, un sol mitad amarillento
mitad anaranjado, mezclado con la espuma del océano que conocí en Ko Samui y en
otro sol rojo enorme de horizonte en el mar que conocí en Goa. Los recuerdos de
estos soles de amanecer y atardecer no son tristes ni alegres, simplemente son
dos de mis momentos tesoro. Salgo del hospedaje de Ko Samui cada mañana a las
siete. Mi esposo aún duerme, pero lo saludo con un beso y me escapo a mi
espacio de soledad en el viaje. No está lejos la playa, así que comienzo a
trotar por el caminito que me lleva a la arena. Se abre la imagen entre unos
árboles y visualizo el sol comenzando a asomar como tímido. No puedo dejar de
mirarlo aunque me enceguece. Corro por la playa algunos días con zapatillas y
otros descalza. Esos días la sal del mar queda pegada en los pies. Y me gusta,
me gusta mucho. Veo en el recorrido a varias personas que están comenzando el
día con los asanas del saludo al sol. No
hay nadie más a la vista. Sólo las olas que no paran de ir y venir, moldeando
los tiempos de mi respiración. Vuelvo al hospedaje con alegría, desayunamos y
miramos mapas. En Goa, salgo a correr por la playa cuando el día termina. El
sol es gigante, más grande incluso que un barco que se escapa hacia el fin del
mundo. Voy esquivando hombres alemanes, mujeres rusas, vacas indias. De un lado
cantidad de barcitos de playa, del otro el mar de escenario y una gran cortina
roja de fondo. Y yo respiro y sonrío. Ese es mi saludo al sol. Hoy, me levanté
de mal humor y triste, más que nada triste. No importa por qué. Ya no hay Ko
Samui, ¿será eso? Me gustaría tener ese amanecer todos los días, pero es parte
de esas creaciones mentales de las que hablaba antes. Esto no puede ser. Al
menos no es. Como tampoco puedo despedirme del día eternamente con un atardecer
de película hollywoodense. A veces llueve, o hay niebla o simplemente una nube
se cruza en el camino. Se termina este día. Me miro al espejo y me cuesta
reconocerme. ¿Alguna vez hiciste la prueba? Miro cada detalle de mi rostro y
los que más hablan son los ojos. Ellos me dicen que está todo bien, que
realmente no pasa nada. Ellos me entienden y me susurran un arrorró. Me voy a
dormir esperando no soñar, por primera vez no quiero soñar, ni dormida ni
despierta. Sí, claro, nos hablamos. Hasta el próximo amanecer, que todos valen
la pena.
Regina Candel Martinez

