Estado de incertidumbre, de bastante dolor y pena, de
inseguridades cuando se rechaza la teta. Pareciera que este nuevo ser en el que
una mamá se convierte estuviera tambaleando día a día a la espera de que la
teta sea deseada y succionada por esa personita que estuvo en su panza, que no
es suya pero que quisiera que lo fuera.
La teta es todo…y como tal cuando es
aceptada todo parece brillar, pero cuando se la rechaza se viene el mundo abajo.
Ese mundo de madre puérpera, primeriza, con miedo de estar generando mucho o
poco apego, con el miedo de no volver a sentir las cosas que sentía antes de
ser mama, con la sensación de que nadie la entiende. Esa mama le hecha la culpa
al mundo de no poder producir la leche que su hija precisa para nutrirse. Esa
mama llora cuando la boca del bebe está cerca del pezón pero en vez de
succionar con alegría hace gesto de puchero. Esa mama se enoja cuando siente
que nadie entiende lo que le pasa, el mundo trata de racionalizar lo
irracional, lo animal. El instinto de alimentar a su bebe no se mide con
parámetros, no se puede pragmatizar. Esa mama se angustia cuando la inundan
sentimientos de inutilidad y de ser prescindible. Ella piensa que si no puede
alimentar a su cachorro entonces no sirve para nada, no entiende a su cría. No
entiende su llanto, ni el del bebe ni el suyo propio.
Todo estado desaparece cuando finalmente la mama y el bebe
se entienden, se sienten y se sonríen. Cuando la cría por si sola busca con la
boca la sagrada teta para alimentarse y mira con ojos fijos y atentos a los
ojos de la mama. Por ese momento glorioso, aunque dure unos pocos minutos al
día, todo el resto, toda la angustia y el llanto, todos los miedos e
inseguridades, todo vale la pena.