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lunes, 2 de marzo de 2015

Articulo Pagina 12 del 2 de marzo , 2015.

Salio nuevo articulo en Pagina 12. Nos alejamos por un rato de Patagonia para volar a Marruecos.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-48193-2015-03-02.html

Los engaños del tiempo

Cada comienzo de año significa una reflexión, un planteo de lo que fue y de lo que será. Nos angustiamos por no haber logrado cosas y al mismo tiempo hacemos una lista mental de los objetivos para el año que comienza, en la cual incluimos todo aquello que nos quedó en el tintero. Un año son 8760 horas. No son tantas considerando que 2920 son para dormir. Restan 5840. Otras 2920 se van en trabajar. Restan las últimas 2920 horas para vivir, lo que significa 8 horas diarias dedicadas a las necesidades básicas y responsabilidades como comer, limpiar, pasear a la mascota, ir al baño, chequear mail o facebook. Restan 3 horas por día para disfrutar. Eso si uno no tiene hijos o padres al cuidado. Si es así la cuenta sólo da una hora diaria de placer.
"El tiempo es relativo", se escucha decir por ahí. En un viaje, la vida pasa rápido pero a su vez la sensación es de haber vivido más. Pasan tres días y parece que hace un año estamos fuera de casa. Quizás sea porque las horas de disfrute crecen. Comer ya no es una necesidad básica, sino el descubrir nuevas costumbres y sabores; ir al baño se transforma en aventura y anécdota, hasta dormir tiene un disfrute pleno sabiendo que la mañana siguiente comienza siempre con un espíritu curioso.
Esa vez me levanté cansada. Los rezos por altavoz de las cuatro de la mañana y los movimientos de los habitantes de la casa para arrodillarse ante la Meca me habían despabilado. Tenía hambre. Sin ni siquiera lavarme la cara en el fuentón de agua del espacio de la casa que los dueños llamaban baño, me acerqué a la cocina. Ella estaba de cuclillas con un pañuelo bordó en la cabeza cocinando Harsha. Me miró y me mostró los dientes que quedaban sanos en su boca. Su nombre era Jedaide. Tenía 32 años, sólo 5 más que yo, pero el tiempo le había hecho un mal chiste. Parecía tener 52. El tiempo es relativo. Sus arrugas, su mirada agotada, sus manos ajadas, su postura de abuela eran su herencia. Eramos de la misma generación en edad, pero su día no le dejaba ni siquiera una hora de disfrute. Su esposo había sido en algún momento su cuñado. Su hermana murió, por lo que ella estuvo obligada a llenar ese espacio vacío casándose con su cuñado. Crió a sus sobrinos como hijos y tuvo unos cuantos más. Todos a su cuidado. Ocho hermanos/primos. Dos bebés, un niño, una nena de 13 años, un muchacho de 20 años con una discapacidad por lo que parecía de 10, con dos operaciones e imposibilitado a comer otra cosa que no sea papilla y líquido, una chica de 23 años casada con un muchacho cuya profesión era vender hachis, un hijo grande que manejaba un taxi y otro que se hacía el estudiante universitario. Sin olvidar a su cuñado/esposo, jubilado que no hacía más que recostarse en un sillón, mirar TV y comer lo que ella cocinaba. "Disfrutar", no debía ni siquiera estar en su diccionario.
Las señas son un buen modo de comunicación. Esa mañana Jedaide me mostraba orgullosa su cocina, del mismo modo que yo muestro el escritorio que armé en mi casa. Era su espacio de creación y de producción de todos los sabores exquisitos que me obsequió durante mis días con la familia. Juntas llevamos el desayuno al comedor. La familia entera esperaba sentada sobre las alfombras o en los sillones cama alrededor de una mesa redonda y chica. Compartir es una linda palabra que sí está muy presente en el hogar. Todos comíamos de un mismo plato gigante colocado en el medio de la mesa. Nadie se peleaba. Se reían. Eran pocos los espacios individuales de la casa. Se dormía donde no hubiera nadie recostado. A veces hasta rezando tenían a un niño saltándole en la espalda para jugar, como hacía yo con mi papá a mis 6 años y él se agachaba a buscar un juguete mío que había perdido debajo del sillón. El tiempo pasa pero en reflejo me veo allí. Las diferencias desaparecen.
Hanna era la niña de 13 años, la más curiosa de la casa y la única que visualizaba que el mundo podía expandirse más allá de las paredes. Hablaba francés, por lo que hacíamos trueque de clases: francés a cambio de inglés. Era excelente enseñando, relacionaba características de los dos idiomas y usaba mucho la imaginación. Una tarde ella y su hermana de 23 años me enseñaron cómo usar el pañuelo en la cabeza, hicimos fotos, nos reímos como si fuéramos amigas de toda la vida. Sacaban mis cremas de la mochila. Las probaban. Las olían. Las anhelaban. Antes de despedirme de la familia les regalé a las mujeres de la casa una Nivea a cada una. Yo estaba viajando con muy poco, pero era mucho más de lo que ellas podían animarse a desear. Me pregunto cómo pasará el tiempo para estas mujeres, cómo podré dividir su año en horas. Me pregunto si me recordarán como yo a ellas. Aroma a menta azucarado, a aceite de soja, a un poco de encierro y ahogo.
Hace unos días encontré mi guardapolvo de primaria. Me lo acerqué a la nariz y de pronto me vi en el patio de la escuela rodeada de cientos de niños vestidos de blanco. Tan lejos y de pronto tan cerca. Me pregunto si Jedaide me volverá a tener a su lado cocinando cada vez que con cara de placer se ponga una gota de crema en la cara y le roce los orificios de la nariz. Espero con eso haberle regalado al menos un minuto de disfrute por día.

viernes, 31 de octubre de 2014

Artículo en Pagina 12 Rosario. 30 de Octubre.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-46465-2014-10-30.html


En la ciudad celeste


 Por Regina Candel
Es un mediodía muy caluroso. Tanto que tengo que cubrirme la cabeza con el turbante verde que me compré. Camino sin rumbo definido en el laberinto celeste. Subo unas escaleras y me encuentro con un hombre vestido de blanco vendiendo castañas y un gato que me mira como hipnotizado, me sigue los pasos con sus ojos almendrados. Por allá veo una calle un poco más angosta, ingreso y el aire se despeja de pronto en una plaza blanca, pequeña con personas sentadas bajo la sombra en sus costados. La mayoría son hombres con sus taqiyas en la cabeza. Miran pasar el tiempo, mientras saborean un té de menta fuerte, el aroma me inunda. La única mujer que está sentada en uno de los cafés no es local, nos miramos, curiosas. Sin decirnos nada, sin conocernos, sentimos ya cierta admiración una de la otra. Somos mujeres solas en un país donde lo femenino es tapado, donde ser mujer es sinónimo de ama de casa, donde el hombre no comprende que seamos viajeras con A.
Me acerco y nos saludamos en inglés. Me invita a sentar y ahora yo también saboreo un té de menta con mucha azúcar, como se toma allí. Tan dulce que empalaga. Dos mujeres pasan caminando y les causamos gracia por algún motivo. "Tourist. Tourist", me dicen señalándola a la mujer. Parecen conocerse. Son muy simpáticas. Se van hablando entre ellas. Su nombre es Liesbeth y me cuenta que ya no es turista, que dejó de serlo cuando pisó este pueblo encantado, hace ya 5 años. La vida en su país la había llevado a la necesidad inminente de un cambio. Casada por 30 años. Se enamoró de otro hombre. Decidió no quedarse, no podía lidiar con la presión social que la ahogaba. No podía seguir casada, pero tampoco podía comenzar una vida junto a otra persona, sintió que el mundo la condenaría. Se fue. La vida es fugaz, no da tiempo para hacer demasiado, ella es una de esas personas que se animó a aprovechar su tiempo y modificó estructuras para recrearse. No muchos son tan valientes.
Nos despedimos con la promesa de un nuevo encuentro. Sin agendas. Sin horarios. Y así fue.
Son las 5 de la mañana y los rezos por los altoparlantes me despiertan. Salgo de mi bolsa de dormir y me quedo pegada a la pequeña ventana de mi habitación. Me duele el cuerpo. Tal vez el suelo no es el mejor colchón. La vista del cielo rojizo del amanecer, los sonidos intensos de las voces en el cielo y la silueta de las casas celestes prometen otro día de hallazgos extraños en una ciudad donde el límite entre la magia y la realidad es difícil de reconocer.
Nuevamente el encuentro casual con Liesbeth se da en un café, una terraza a la cual yo ya había ido varias veces ya que me gustaba para sentarme sola a leer y tomar un té. Me habían quedado muchas ganas de hablar con ella, una de las contadas personas que me entendía cuando hablaba de mover piezas de un rompecabezas, de no ser estable, de lo hermosa y mágica que puede ser la vida si uno se lo permite.
Luego de una larga conversación, interrumpida por algún vendedor que ofrecía chalinas de los colores más increíbles, alguna mirada curiosa de los jóvenes que pasaban tomados de la mano o algún niño pidiendo comida, salimos del café a caminar hacia la nueva casa de Liesbeth. Había decidido vender todo para comprar esta casa y poner allí su galería de arte. Llegamos frente a la puerta de madera antigua. La abrió en cámara lenta y de golpe me vi adentro de un cuento de hadas y de alfombras mágicas. La casa era totalmente blanca y tenía espacios circulares, las paredes se unían de manera tal que uno sentía estar dentro de un huevo gigante y cálido. No tenía casi muebles. En las revistas de decoración le dirían estilo minimalista, Liesbeth sólo me explicó que no quería comprar cosas innecesarias. Lo que tenía era más que suficiente para vivir bien y cómoda. Me convidó con té y me contó sobre su proyecto. Se hizo de noche. Me fui de su casa sabiendo que no la volvería a ver.
Marruecos me obsequió estas apariciones, personas fantasmas, que desaparecen dejando una estela de ideas y sensaciones que después de mucho tiempo aún subsisten.