Viajar con bebés no es sencillo, es lo que postulan mil entradas en blogs y
artículos con los 10 consejos a seguir para que el viaje con tu bebé sea más
llevadero. Cada experiencia es diferente dependiendo del bebé, del estilo de
viaje de los padres, del lugar donde se vaya. Creo que se puede viajar con
bebes sea como sea, sólo hay que tener un poco de organización y cierta
previsibilidad. Saber, por ejemplo, que al bebé le va a dar hambre a mitad de
camino por lo que hay que tener preparada una mamadera tibia en caso de
alimentarlo con fórmula o que hay que cambiar el pañal o que hay que tener
juguetes y babitas a mano por cualquier motivo.
Nosotros elegimos ir a La Paloma en Uruguay por varios
motivos. Ya fuimos el año anterior y conocer el lugar ayuda un poco a la hora
de viajar por primera vez con un bebé. Sabíamos la cantidad de gente que iba a
haber en la playa, el ritmo del barrio donde alquilamos la casa, las
actividades posibles a hacer con las dos niñas más grandes y así poder mantener
cierto equilibrio de entretenimiento para todos. Siempre preferí conocer
nuevos lugares, pero en este caso, viajando por primera vez con un bebé, creo
que fue una buena elección. Los papás están tranquilos sabiendo lo que viene y eso
tranquiliza al bebé, que también necesita que le cuenten qué va a pasar. Todo
es nuevo para Amalia y gasta muchas energías en adaptarse a los ruidos nuevos,
los olores nuevos y las experiencias que va teniendo.
Nuestro primer vieja con ella fue en auto. Tratamos de ser lo
más minimalistas posibles a la hora de elegir qué equipaje llevar. Hay que
llevar lo básico, que comienza con una buena silla de auto, donde vaya cómoda y
pueda estar 11 horas sentada. Demasido! Aprendí en este viaje que es mejor no
superar los 500 km si se viaja con un bebé. Más kilómetros significa más
cansancio para todos, se llega a destino agotados y sabiendo que aún queda
bañar al bebé, darle su comida y acostarlo, con el tiempo y energía que eso
demanda. Mejor hacer las cosas con calma, viajar de a poco, como una tortuga.
El viaje comienza desde que arrancamos el auto en casa, hacer una parada en la
mitad del camino para dormir es una mejor elección.
Sigo con la lista. Dos bolsos pequeños para Amalia llevé.
Uno con su ropa, sus mantitas, sus sábanas, toallas, juguetes, cremas y otro
con el kit de emergencia para llevar adentro del auto: con pañales, oleo,
algodón, hipoglós, cambiador, toallitas húmedas, mordillo, chupetes, babita,
mamadera. Lo que realmente ocupa lugar es el carro y también la cuna que en
nuestro caso tuvimos que llevar ya que en la casa que alquilamos no nos daban
una. También procuré llevar un mosquitero y cobertor de lluvia del carro y el
fular. Ninguna de las tres cosas las terminé usando.
Finalmente compramos algo casi indispensable para ir a la
playa con una bebé, principalmente para las playas de esta zona del mundo,
donde los vientos no son poco comunes: un refugio de playa. Compramos uno bueno, marca
National Geographic, con protector de los rayos UV y con cierre, como si fuera
una pequeña carpa para dos. Se hace por momentos molesto armarla y desarmarla
cada vez que se va a la playa, pero hay días que sin ella no hubiéramos podido
disfrutar ni de un minuto de playa.
Amalia se levantaba muy tempranito, así que aprovechábamos
ese momento para desayunar tranquilas y salir a hacer una caminata por el
barrio en silencio. Esta vez me llamaron mucho la atención las casas, hay
muchas en miniatura, preciosas. Son rincones que invitan a sentarse, a entrar,
pequeños espacios casi mágicos rodeados de bosque, de dunas y de aroma a sal.
Amalia disfrutó de cada paseo, muy curiosa miraba todo lo que pasaba alrededor.
En algún que otro paseo se quedó dormida acompañada por el sonido de los
pájaros.
Cuando volvíamos yo trataba de salir a correr, aprovechar 40
minutos para mí, mientras ella dormía al cuidado de su papá. Corrí por la
playa, por el bosque, por dunas, por el barrio. Fue mi momento, ese espacio que
toda mamá debe darse para poder seguir con el día, que a veces es largo y muy
cansador.
Es verdad, ir a la playa ya no es lo mismo. Ya no es agarrar
una manta, un libro y el mate y listo. Ahora es una logística de organización que
comienza con cambiar al bebé, ponerle protector y gorrito y termina con el baño
a la vuelta de la playa. Los horarios son limitados. Nosotros optamos por llevar
a Amalia sólo de tarde, alrededor de las 5, ya que de mañana el sol era
fuertísimo desde muy temprano. No es común quedarse hasta que caiga el sol ya
que al bebé le da hambre y sueño, ya quiere estar en su cunita y te lo hace
saber con algún puchero o llantito. Ir a
la playa ya no es lo mismo. No pude
meterme a nadar cuando quería, no pude echarme en una manta a leer, no pude ir
a jugar al volley o al tejo. Pero pude hacer otras cosas. Pude ver la reacción
de Amalia ante las olas, sus ojos gigantes y juguetones, sus manitos que se
movían sin parar de la alegría, pude ver cómo enfrentaba a las olas que venían
sin miedo. Pude ver sus patitas metiéndose entre la arena, experimentando esa
nueva sensación. Pude ver su carita tranquila mirando el atardecer, pude
sostenerla en brazos mientras dormía una siesta playera.
Fue un viaje sin mucho movimiento, Amalia pudo mantener su rutina,
sus tiempos pero con otro contexto. Aprendimos mucho, ella y yo.
A la noche, cuando se prendía el fueguito para el asado,
Amalia disfrutaba por un rato del movimiento de las llamas, de los colores
anaranjados y del calorcito hasta quedarse dormida. Demostró ser una gran
compañera de viaje.
