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sábado, 13 de enero de 2018

Amalia viaja 1. La Paloma, Uruguay.


Viajar con bebés no es sencillo, es lo que postulan mil entradas en blogs y artículos con los 10 consejos a seguir para que el viaje con tu bebé sea más llevadero. Cada experiencia es diferente dependiendo del bebé, del estilo de viaje de los padres, del lugar donde se vaya. Creo que se puede viajar con bebes sea como sea, sólo hay que tener un poco de organización y cierta previsibilidad. Saber, por ejemplo, que al bebé le va a dar hambre a mitad de camino por lo que hay que tener preparada una mamadera tibia en caso de alimentarlo con fórmula o que hay que cambiar el pañal o que hay que tener juguetes y babitas a mano por cualquier motivo.

Nosotros elegimos ir a La Paloma en Uruguay por varios motivos. Ya fuimos el año anterior y conocer el lugar ayuda un poco a la hora de viajar por primera vez con un bebé. Sabíamos la cantidad de gente que iba a haber en la playa, el ritmo del barrio donde alquilamos la casa, las actividades posibles a hacer con las dos niñas más grandes y así poder mantener cierto equilibrio de entretenimiento para todos. Siempre preferí conocer nuevos lugares, pero en este caso, viajando por primera vez con un bebé, creo que fue una buena elección. Los papás están tranquilos sabiendo lo que viene y eso tranquiliza al bebé, que también necesita que le cuenten qué va a pasar. Todo es nuevo para Amalia y gasta muchas energías en adaptarse a los ruidos nuevos, los olores nuevos y las experiencias que va teniendo.

Nuestro primer vieja con ella fue en auto. Tratamos de ser lo más minimalistas posibles a la hora de elegir qué equipaje llevar. Hay que llevar lo básico, que comienza con una buena silla de auto, donde vaya cómoda y pueda estar 11 horas sentada. Demasido! Aprendí en este viaje que es mejor no superar los 500 km si se viaja con un bebé. Más kilómetros significa más cansancio para todos, se llega a destino agotados y sabiendo que aún queda bañar al bebé, darle su comida y acostarlo, con el tiempo y energía que eso demanda. Mejor hacer las cosas con calma, viajar de a poco, como una tortuga. El viaje comienza desde que arrancamos el auto en casa, hacer una parada en la mitad del camino para dormir es una mejor elección.

Sigo con la lista. Dos bolsos pequeños para Amalia llevé. Uno con su ropa, sus mantitas, sus sábanas, toallas, juguetes, cremas y otro con el kit de emergencia para llevar adentro del auto: con pañales, oleo, algodón, hipoglós, cambiador, toallitas húmedas, mordillo, chupetes, babita, mamadera. Lo que realmente ocupa lugar es el carro y también la cuna que en nuestro caso tuvimos que llevar ya que en la casa que alquilamos no nos daban una. También procuré llevar un mosquitero y cobertor de lluvia del carro y el fular. Ninguna de las tres cosas las terminé usando.

Finalmente compramos algo casi indispensable para ir a la playa con una bebé, principalmente para las playas de esta zona del mundo, donde los vientos no son poco comunes:  un refugio de playa. Compramos uno bueno, marca National Geographic, con protector de los rayos UV y con cierre, como si fuera una pequeña carpa para dos. Se hace por momentos molesto armarla y desarmarla cada vez que se va a la playa, pero hay días que sin ella no hubiéramos podido disfrutar ni de un minuto de playa.

Amalia se levantaba muy tempranito, así que aprovechábamos ese momento para desayunar tranquilas y salir a hacer una caminata por el barrio en silencio. Esta vez me llamaron mucho la atención las casas, hay muchas en miniatura, preciosas. Son rincones que invitan a sentarse, a entrar, pequeños espacios casi mágicos rodeados de bosque, de dunas y de aroma a sal. Amalia disfrutó de cada paseo, muy curiosa miraba todo lo que pasaba alrededor. En algún que otro paseo se quedó dormida acompañada por el sonido de los pájaros.

Cuando volvíamos yo trataba de salir a correr, aprovechar 40 minutos para mí, mientras ella dormía al cuidado de su papá. Corrí por la playa, por el bosque, por dunas, por el barrio. Fue mi momento, ese espacio que toda mamá debe darse para poder seguir con el día, que a veces es largo y muy cansador.

Es verdad, ir a la playa ya no es lo mismo. Ya no es agarrar una manta, un libro y el mate y listo. Ahora es una logística de organización que comienza con cambiar al bebé, ponerle protector y gorrito y termina con el baño a la vuelta de la playa. Los horarios son limitados. Nosotros optamos por llevar a Amalia sólo de tarde, alrededor de las 5, ya que de mañana el sol era fuertísimo desde muy temprano. No es común quedarse hasta que caiga el sol ya que al bebé le da hambre y sueño, ya quiere estar en su cunita y te lo hace saber con algún puchero o llantito.  Ir a la playa  ya no es lo mismo. No pude meterme a nadar cuando quería, no pude echarme en una manta a leer, no pude ir a jugar al volley o al tejo. Pero pude hacer otras cosas. Pude ver la reacción de Amalia ante las olas, sus ojos gigantes y juguetones, sus manitos que se movían sin parar de la alegría, pude ver cómo enfrentaba a las olas que venían sin miedo. Pude ver sus patitas metiéndose entre la arena, experimentando esa nueva sensación. Pude ver su carita tranquila mirando el atardecer, pude sostenerla en brazos mientras dormía una siesta playera.

Fue un viaje sin mucho movimiento, Amalia pudo mantener su rutina, sus tiempos pero con otro contexto. Aprendimos mucho, ella y yo.


A la noche, cuando se prendía el fueguito para el asado, Amalia disfrutaba por un rato del movimiento de las llamas, de los colores anaranjados y del calorcito hasta quedarse dormida. Demostró ser una gran compañera de viaje.

sábado, 14 de enero de 2017

La Paloma, Uruguay.

La Paloma, enero 2016.


Adoro Uruguay. Una isla donde todo funciona en aparente paz y armonía en medio de un continente donde las palabras caos y crisis cuadran a la perfección. Para llegar a Uruguay hay que cruzar el río del mismo nombre. Desde Gualeguaychú se traspasa un puente de 5300 metros para llegar del otro lado y hacer el ingreso al país vecino por Fray Bentos. El río es tan ancho que costaría llegar de una orilla a la otra en piragua.

Llamativamente los controles al pasar la frontera son casi nulos; dni y tarjeta verde del auto.  Son de conocimiento popular que son las fronteras hacia Bolivia y Paraguay las más exigentes, ya que por ahí se pasan drogas, dinero no declarado y personas por trata de blancas. Parece ser que por Uruguay no pasan estas cosas. Los oficiales de migraciones son divinos y confiados. Será tal vez la manera de no generar caos ni nigún tipo de crisis entre estados hermanos.

En Uruguay nadie recibe pesos argentinos, pero sí dólares. Una buena manera de conseguir cambio es pagar con dólares y recibir el vuelto en uruguayos acompañado de su frase preferida: ¨A sus órdenes¨. Así uno se despide de cualquier vendedor.

Adoro llegar a los destinos de noche. La Paloma es un pueblo de 5500 habitantes durante el año. Esta población debe triplicarse durante el verano. Las casitas de alquiler, los dos hoteles cerca del faro y los campings están completos desde el 20 de diciembre hasta aproximadamente el 15 de enero. Luego, Uruguayos, Brasileros y Argentinos continúan haciendo su parada en estas playas pero en menor cantidad. Llegar a la Paloma pasa casi inadvertido de noche, se lo ve oscuro, con luces tenues en sus calles. No se sabe muy bien qué hay a los costados del camino. Al otro día, con el sol de farol, se descubre un paisaje que combina playas de arena largas, playas de piedra, médanos y bosque.

Las mañanas siempre ideales para ir a la playa transcurren al sol. Las familias caminan hasta las playas con nombres extraños como Anaconda con sus sombrillas, sillitas, baldecitos y palitos de los más chicos. Los surfers van silbando bajito sin calzado, con el traje de neoprene puesto y la tabla debajo del brazo. Grupos de adolescentes y jóvenes eligen La Balconada para juntarse. De golpe una trompeta se escucha a lo lejos. Llega el empanadero. Un hombre con sombrero de ala muy ancha, ropa no muy cuidada que en bicicleta y con un carro detrás, recorre todas las playas a lo largo vendiendo empanadas. Super caseras, riquísimas. Si alguien le quiere comprar a su regreso, ya no puede. Las vende todas. Realmente un éxito de empresa. Su público lo espera día a día alrededor del mediodía con esos manjares que sacan un poco el hambre después de una mañana de agua salada, un poco de viento y mucho sol.

Las playas en Uruguay no tienen su espacio ocupado por edificios, ni balnearios ni carpas. Sólo algunos ¨chiringuitos¨ sobre la arena. Ideales para sentarse a tomar algo o bien comer un choclo recién cocinado. Las playas son espacios públicos. Cualquiera entra y ocupa el lugar que más le agrada. Lamentablemente siempre existen quienes confunden público con tacho de basura. Algunas bolsas o botellas a la vista. El empanadero, preocupado por esto, le pide a sus clientes que levanten alguna bolsa dando vueltas por ahí que seguro alguien se olvidó sin querer.

Las tardes son diferentes. El viento siempre cambia de dirección y puede mejorar o empeorar el día de playa. Los turistas se ponen sus remeras o vestidos si hay más viento de lo deseado, pero se mantienen firmes disfrutando de los días de playa que les quedan. A la tarde es el horario para jugar al tejo o a las paletas. Alguno saca un boomerang y casi golpea al perro del vecino que lo corre pensando que es un palito. Los surfers se divierten con las pocas olas que hay, muchos están aprendiendo, otros entrenando para probablemente el próximo verano ir a otro destino con olas más desafiantes. Hay grupos de turistas que crecen día a día. Siguen llegando amigos y de pronto son quince personas en ronda de mate y charla.

Adoro los atardeceres en la playa. Siempre dan ganas de estar tomando una cerveza acompañado con rabas con mucho limón. Es la combinación perfecta después de haber estado en el mar y seguir sintiendo la sal en los labios. En La Paloma todos los atardeceres son diferentes. En algunos el sol, un poco tímido, se esconde detrás de una nube antes de tocar el horizonte.

La noche en La Paloma puede describirse en sus sabores. Te puede encontrar haciendo un asado en los balcones de los departamentos de alquiler frente a la playa. Tal vez tiene más sabor a paella cocinada frente al público en la feria de artesanos. O a algún plato con langostinos y cerveza fresca de los comedores más tradicionales. Todos llegan a la noche con hambre después del día de playa. Después, con el sonido de las olas, se puede dormir soñando con el faro iluminando a los pescadores que probablemente a las cinco de la mañana partan con sus barcos diminutos.


Adoro Uruguay.