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domingo, 10 de junio de 2018

Amalia viaja 4. Mar del Plata.

Amalia viaja 4. Mar del Plata. Amalia tiene 10 meses.

En este viaje consideré mucho el clima. Mar del Plata es un lugar muy frío y no quería exponerla a una temperatura que la pudiera enfermar. Poner y sacar el abrigo es muy molesto, la lucha para que se dejara la bufanda tapándole la boquita, ponerle las zapatillas miniatura para que no tenga frío en los pies. Todo un trabajito para salir a la calle. Eso es Mar del Plata, por eso en parte me fui de la ciudad. No extraño la ciudad ni un poquito. Al contrario de lo que me pasaba cuando viajaba esta vez extrañé mi casa, mi lugar, mi familia.


Amalia tuvo muchísima vida social con todas las presentaciones a familiares y amigos. Terminó agotada pero feliz de jugar, de hablar, de sonreír sin parar.

De ida tome un bus, tardó 12 horas en llegar. Amalia durmió gran parte del viaje, pero me dí cuenta que aún es muy chica para tantas horas de colectivo, no duerme bien, no descansa. De regreso opté por el avión. Un servicio nuevo de Avianca de vuelo directo Santa Fe- Mar del Plata al mismo precio que lo que sale el bus. En tres horas estuve en casa.  Finalmente.

Fue una primera etapa del año con mucho movimiento. Se viene otra mitad de año más tranquila, sin planes de viaje por ahora. El trabajo sigue en casa, motivando a Amalia a conocer algo nuevo todos los días, estimulando su curiosidad desde casa. Este otro tipo de viaje.


Amalia viaja 2. Buenos Aires.


Ser mamá no deja mucho tiempo libre, casi nada, y cuando escribir no es una obligación es fácil comenzar a olvidarse lo bien que hacen las palabras. Amalia me da tiempo para armar un rompecabezas de 5000 piezas a un promedio de cinco piezas por día. Ese es el ritmo de la vida más allá de ella, 5 piezas por día. Con ese tiempo puedo trabajar un poco, estudiar otro poco, leer a la noche un poquito más, pero no me he sentado a escribir. Amalia dan ganas de vivir más que de escribir. Siempre que estoy a punto de sentarme ella viene a pedirme ir a jugar o simplemente la miro, y ella me mira y no puedo seguir poniendo mi atención en la pantalla, quiero sentarme en el suelo a leer un cuento o a darle de comer al perrito de peluche con la cuchara de juguete. Hoy ella duerme y me siento después de tanto tiempo a contarles de tres viajes que hicimos con Amalia. Tres entradas en el blog, tres viajes, tres experiencias con Amalia, bebé viajera.

Amalia viaja 2. Buenos Aires. Amalia tiene 7 meses

A Buenos Aires fuimos en auto. No es difícil viajar con un bebé en auto si está acostumbrado. Amalia lo disfruta mucho, con una tolerancia de aproximadamente 6 horas, lo que nos lleva llegar desde Santa Fe a la Capital. Paramos muchas veces en el camino a cambiarla, a que tome la mamadera sin apuro y cómoda. Lamentablemente no todas las estaciones de servicio tienen cambiador en los baños, algo insólito pero cierto en este país. En esos casos se puede optar por cambiar al bebé en el auto o bien hablar con el encargado de la estación para que te facilite un espacio donde poder cambiarlo.

Buenos Aires nos trató muy bien. Las plazas han mejorado mucho, están preciosas. Amalia jugó en una plaza blanda, comenzaba a gatear así que la dejé andar aunque después casi tengo que tirar el pantalón y las medias de la suciedad. Priorizo su libertad, su disfrute. Así está aprendiendo a moverse, primero gateó, hoy, con diez meses, ya se para, se sienta, gatea con rapidez y por momentos se mantiene parada sin apoyar las manos en ningún lado. La libertad de movimientos le da seguridad, autonomía.

Fuimos a conocer el Teatro Colón. Amalia ya tenía sueño, era la hora de su siesta y duró la mitad del recorrido, pero pudo disfrutar de los colores, de las texturas de las paredes. Ella es feliz donde haya gente que observar.

En algún lado leí que viajando es importante saciar todas las necesidades del bebé si queremos poder disfrutar, si queremos sacar el mayor provecho del viaje sin que los adultos ni los niños sufran. Si tiene hambre, hay que dejar de hacerlo que estamos haciendo y darle de comer. Hay que tratar de respetar los horarios de sus siestas, por lo que las salidas deberían ser cortas considerando siempre hacer una parada en el alojamiento para permitir que el bebé descanse como está acostumbrado.

Amalia se hamacó por primera vez.

Amalia se paró sola en la practicuna y camino agarrada por primera vez.

Dos importantes primeras veces.


sábado, 20 de mayo de 2017

Publicación en Mujeres Nómadas: ¨Reencuentro con las Aguas Grandes¨.

Salió mi primer nota de viaje en la página de Mujeres Nómadas: www.mujeresnomadas.com/reencuentro-con-las-aguas-grandes/

Es muy difícil escribir sobre la naturaleza sin usar adjetivos inútiles que magnifican, engrandecen, tratan de transmitir al lector el sentimiento generado por el paisaje. Hay lugares que sólo se conocen con la experiencia, ninguna descripción es suficiente. El Parque Nacional Iguazú es un ejemplo. Toda la provincia de Misiones en Argentina es una sábana verde que hay que conocerla, palparla, para entenderla.
El turista va a Puerto Iguazú a conocer una de las Maravillas del mundo, a sacarse la foto en la Garganta del Diablo. Va clase turista o primera clase, pero va. Algunos llegan en avión, otros en un bus después de 27 horas de incomodidad. Algunos comen en los restaurants dentro del Parque, otros llevan sándwiches y tereré. Algunos paran en hoteles cuatro estrellas, otros van de camping.
Lamentablemente, el Parque Nacional Iguazú se ha transformado en un parque donde se contempla, se va a ver una atracción, sus aguas altas. No es un parque para palpar, vivir de cerca la experiencia de la naturaleza. El turista es guiado por las pasarelas, se le dice qué puede hacer, hasta dónde puede llegar. El circuito está armado de tal manera que no se puede evitar la acumulación de gente, principalmente en las temporadas más altas. Los ruidos, los flashes de los fotógrafos vendiendo la foto perfecta, las corridas para llegar a hacer todo en un día, las colas para tomar el Tren de la Selva. Todo eso también es el Parque Nacional Iguazú.
Pasarela nueva en Iguazú
Uno precisa cerrar los ojos por momentos y sólo escuchar el rugido del agua cayendo, o el grito de las urracas anunciando que hay un tucán cerca. Buscar los lugares más silenciosos desde donde la contemplación es casi meditativa. Siempre me pregunto qué habrá sentido Alvar Nuñez Cabeza de Vaca cuando, bajando desde Brasil por el Río Iguazú en plena exploración del territorio, se encontró con tremendo obstáculo para pasar con sus pequeñas canoas.
En sus relatos ¨Naufragios¨, Cabeza de Vaca relata el evento de esta manera: ¨Y yendo por dicho río de Iguazú abajo era la corriente tan grande que corrían las canoas por él con mucha furia; y esto causólo que muy cerca de donde se embarcó da el río un salto por unas peñas muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan gran golpe que de muy lejos se oye, y la espuma el agua como cae con tanta fuerza, sube en salto dos lanzas y más, por manera que fue necesario salir de las canoas y sacarlas del agua y llevarlas por tierra hasta pasar el sitio, y a fuerza de brazos las llevaron más de media legua en que se pasaron muy grandes trabajos”.  
Y prosigue: “salvado aquel mal paso, volvieron a meter en el agua las dichas canoas y proseguir su viaje; y fueron por el dicho río abajo hasta que llegaron al río del Paraná¨En ninguna parte encontré palabras que describan sus sentimientos en ese momento, sólo hace una descripción de lo visto. Ese es tal vez el espíritu que se mantuvo cuando se transformó la zona en Parque Nacional: un lugar para describir, más que para vivir.

Río Iguazú
Puerto Iguazú es para muchos un lugar de paso. Se mudan para trabajar con el turismo por un tiempo, instalan un negocio y viven unos años hasta que la falta de vida social y de actividades culturales que no estén necesariamente relacionadas a las Cataratas los decide a cambiar de destino.
Esto me contó una artesana que tiene un negocio de ropa. Ella, marplatense, decidió con su esposo y su hijo de cuatro años instalarse en Puerto Iguazú. En la ciudad feliz eran feriantes y no llegaban a fin de mes. En Puerto Iguazú pudieron instalar un local a la calle de venta de ropa de diseño y de sandalias de cuero hechas por ellos. Pagan doce mil pesos de alquiler, dos mil de contador, impuestos. Aún con todos estos pagos pueden vivir. Las ventas son buenas, pero la calidad de vida no termina siendo tan amigable. Ella, después de dos años, aún no hizo ningún grupo social con quien compartir. ¨Es por el tiempo que sea necesario, no sabemos aún hacia dónde iremos después¨.
Nadie se muda con idea de quedarse. El cambio cultural necesario es grande. Aún es un pueblo donde todo parece que está por terminarse de construir.

Río Iguazú
Es mi séptimo viaje a Puerto Iguazú. La última noche cené en un restaurant un plato delicioso: agnolotis de dorado con salsa de salmón con un buen vino blanco.
Cuando termino la cena, decido caminar unas cuadras por el centro y veo a una pareja joven que con una guitarra en una mano y unos billetes en la otra quieren comprar algo de comida en un puesto de hamburguesas de una esquina. El vendedor les dice: ¨Eso más una canción¨, y aunque los billetes no eran suficientes, se ríe mientras les prepara las hamburguesas.
Sentí cierta nostalgia de otros viajes. Lo curioso y maravilloso es que al otro día tal vez me encuentre con esta pareja adentro del Parque Nacional o disfrutando de la vista de Tres Fronteras.
Me despido de Misiones sabiendo que es un lugar donde todos comparten la alegría y la gran sonrisa al dejarse mojar por las aguas altas del río que se eleva con el viento.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El Litoral Artículo sobre Patagonia ¨La Ruta delos Milagros¨

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2015/11/14/nosotros/NOS-09.html

Las rutas de los milagros
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Parque Nacional Monte Leon, sobre la ruta 3.

Este es el relato de una travesía hecha a dedo, más de diez años atrás, por la Patagonia a lo largo de las rutas 3 y 40, con encuentros, redes de amistades y solidaridad en el camino. La autora volvió a viajar este año, esta vez en auto: más confort y menos riesgo, pero la misma fascinación por un paisaje inigualable.
TEXTO Y FOTOS. REGINA CANDEL MARTÍNEZ.
Saliendo de la provincia de Buenos Aires y entrando a Río Negro vi en la ruta a varias parejas de mochileros. Más tarde, en las calles grises y áridas de Río Gallegos, tuve un reencuentro con una de ellas: eran franceses. No me habían reconocido, por eso se mostraron extrañados cuando los empecé a saludar con alaridos argentinos desde el otro lado de la vereda.
Obviamente, días más tarde los volví a ver cuando entraban caminando al Parque Nacional Tierra del Fuego. Yo salía para despedirme de Ushuaia. Digo “obviamente” porque es así cómo funcionan las rutas 3 y 40. Están llenas de reencuentros con personas totalmente ajenas a una en el mundo de la rutina y de lo habitual; pero en el universo paralelo, ese que tiene como cielo el infinito y como tierra la banquina, estas mismas personas significan experiencias compartidas y son compinches de ruta.
Es así como los siete motoqueros fueron apareciendo y reapareciendo a lo largo del camino, preguntándome dónde estaba parando y hacia dónde me movía al otro día. Es así como Loic, un francés callado y tímido que había conocido en Ushuaia, aparecía saludando desde una camioneta cuando salía a dedo del Parque Nacional Los Glaciares; y reaparecía caminando por las calles del pequeño Chaltén... Y lean lo que sigue porque no lo van a poder creer. Antes de volver a mi ciudad pasé por Buenos Aires, donde visité a un amigo que había conocido dos años atrás en Praga. Cuando le estaba mostrando las fotos de Ushuaia, me mira sorprendido, señala a Loic y me comenta entre risas que había conocido al francés en Mongolia en uno de sus viajes. El mundo es en verdad muy chico y los encuentros no dejan de sorprender.
EN EL CHALTÉN
Llegar a El Chaltén desde Calafate no fue sencillo, pero salir fue una total odisea. Después de que el viento fuerte de la montaña me dejara sin carpa y que los precios me asustaran bastante, decidí -sin dudarlo- abandonar el pueblo.
El Chaltén parece un pueblito sacado de un cuento. Muy pocas casas, total contacto con la naturaleza y el Fitz Roy que te recibe ya en la ruta. Lamentablemente, el clima no acompañó mis ganas de pasar unos días en el lugar. Para salir, queridos mochileros, recomiendo hacer una previa investigación de los camiones que entran y salen. El tránsito es prácticamente nulo. Así fue como convencí a un camionero para que me llevara hasta Calafate ¡Pero no estaba sola! Éramos 10 mochileros a la espera de la salvación. Entre ellos, había dos chicas de Mar del Plata a quienes conocía (y seguimos con los encuentros milagrosos). Fue así como simil-ganado pudimos salir de El Chaltén con la esperanza de volver y que, en la próxima, el clima no nos asuste.
OTRO REENCUENTRO
Comodoro Rivadavia me recibió cansada, sucia y hambrienta. Habían sido tres días de esperar camiones, hacer tiempo en estaciones de servicio, comer poco. Y, bueno, hasta una dama en esta situación aguanta una uña rota y el pelo desastroso.
Una tarde, mientras estaba caminando por las calles del centro, me sorprendió la presencia de una mochila conocida: ¡Tomás! -grité alegre. Había conocido a Tomás dos meses antes en un encuentro de mochileros y, aunque sabía que iba a estar dando vueltas por la Patagonia, no esperaba encontrarlo. Una vez más fue un milagro, de esos que ocurren en la ruta, donde una aprende que las distancias son en realidad relativas, donde el tiempo y el espacio cambian sus dimensiones.
REGRESO EN CAMIÓN
Mi viaje concluyó en El Bolsón, donde pasé seis días. El día en que decidí irme del lugar, me asusté cuando en la ruta ví alrededor de diez parejas de mochileros tratando de conseguir quién los llevara hacia Bariloche. Yo, que estaba sola, me acerqué a un camionero que estaba a punto de encender motores. David no tuvo ningún problema en sacarme de El Bolsón, pero me previno sobre el hecho de que íbamos a estar viajando cerca de cuatro días antes de llegar a Buenos Aires.
Esa mañana me dieron el título de camionera amateur y acompañé a David hasta el final, pasando por Esquel, Bariloche, Chipoletti y otros pueblitos más. La ruta me permitió recrearme y jugar por unos días dentro de otra realidad, en la cual pude compartir un buen asado junto a otros camioneros y disfrutar de los mejores amaneceres desde el camión y en el medio de la nada.
Siempre quedan lugares que descubrir en nuestro extenso sur. Hay muchísimas tierras vírgenes por explorar todavía; es por eso que siempre hay una buena excusa para volver. ¡Tanto es lo que te da la ruta! Experiencias sorprendentes, personas interesantes, reencuentros inesperados. Y me pregunto: ¿Qué, sino estas uniones milagrosas de almas callejeras, hace que la vida misma tenga sentido?
* * *
Escribí este texto después de un viaje a dedo por la Patagonia, Argentina, en el año 2004. Esa Patagonia ya lejana, cuando la entrada a El Chaltén era aún de tierra y el pueblo sólo tenía 200 habitantes. Este febrero del 2015 volví a recorrer las rutas 40 y 3, esta vez en auto. Sea como sea que uno se mueva por esas tierras encantadas, no deja de sorprender, de maravillar, de provocar sueños de posibles vidas pasadas o presentes.
La vida me ha enseñado que lo único que vale la pena es sentirse viva, sentir pasión por algo. Y sólo con el movimiento y los cambios esto es posible. La vida es corta. Hay que animarse a saltar aunque la pileta esté vacía. Para muchos salir de viaje provoca miedos a lo nuevo, a lo desconocido. A mí, después de 14 años viajando, me sigue costando desengancharme de estos temores, pero viaje a viaje me voy soltando. Y sigo aprendiendo.
12_1_LAGO Y ARBOLES.JPG
Parque Nacional Perito Moreno, sobre la ruta 40.
+datos
CONTACTO
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- https://www.facebook.com/caminoslibertades?ref=hl

martes, 1 de septiembre de 2015

Contratapa del Pagina 12 de Rosario 1 de septiembre de 2015. REFUGIO

el texto sobre el Bolson con modificaciones...

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-50858-2015-09-01.html

Refugio

 Por Regina Candel Martinez*

Uno esconde, tapa, pone recuerdos propios y ajenos debajo de la alfombra así no arruinan el paisaje. Sin saberlo nací envuelta en una historia con dolor que se fue acumulando de generación en generación. Idas y regresos entre Argentina y España. Huidas, despedidas, reencuentros, llanto. Mi abuelo Candel escapó de la España franquista y terminó su vida en Comodoro Rivadavia. Papá nació, creció, tuvo su familia. Sus hijos, mi hermano y yo, no pudimos conocer al abuelo que falleció joven. Yo aún acá, mi hermano volvió a España. Porque en este caso no es irse, es volver.
En esta historia siempre hubo un lugar que daba el único marco de alegría a la constante sensación de ojos tristes. La Hostería Steiner, a 2 kilómetros del centro de El Bolsón, se transformó en el único oasis dentro de un desierto incierto de personajes con hombros caídos y voces de llanto. Frente a la hostería el imponente Cerro Piltriquitrón, altísimo, como observando estas visitas de viajeros a lo largo de los tiempos.
En los años 50 mi abuelo pasaba al menos dos meses de verano en la hostería y usualmente lo llevaba a su hijo. Viajeros de tren y luego a caballo. Sobre las monturas recorrían los senderos del ¨Piltri¨, buscando respuestas, como si el cerro fuera un gurú. Así se acercaban hasta el Lago Puelo e iban a la playita, donde mi papá jugaba a tirarse desde un tronco empotrado en el fondo del lago mientras mi abuelo leía un libro recostado sobre las piedras levantando cada tanto la mirada para saludar a su hijo Danielcito.
A principios del 2015 me encontré tal vez sin saberlo haciendo un recorrido al pasado, como un viaje en el tiempo. Fue extraño llegar a la hostería y ser reconocida por su dueña Ana como la nieta de Candel Lopez. La escuchaba mientras preparaba una merienda en la cocina de azulejos azules, idéntica a la cocina de las fotos con mi papá de diez años. Me contó cómo mi abuelo tenía un rincón para tomar el sol y cómo mi papá se acercaba a esa misma cocina gritándole al hijo de los dueños para ir a jugar. Así salían corriendo al parque enorme, verde, muy arbolado. Ana se hizo cargo del negocio de sus padres, quedó sola, sin niños correteando. Ya no preparaba cenas, sólo el desayuno. Se la veía cansada.
Me quedé dos días en la hostería, leí en el parque al sol y desayuné en las mismas mesas donde desayunaba mi abuelo. Dormí, observé las aves que revoloteaban, jugué un rato con los perros. Caminando por el parque me impresioné al saber que ese era el único lugar compartido con mi abuelo. El único espacio en el mundo que me permitía imaginarlo, al menos por un instante.
Me alejé de la Hostería con destino a la playita en el Lago Puelo. Sentí de golpe cierto alivio al comprender que mi abuelo Candel fue no sólo un exiliado, un hombre político, sino también un hombre de piel y hueso, una persona real. Su imagen se alejó de la leyenda urbana para transformarse sólo en mi abuelo. Pude visualizarlo con su mirada de aprobación a mi papá que seguía jugando a los piratas desde el tronco empotrado en el fondo.

jueves, 20 de agosto de 2015

Tarea 2 Curso Crónicas de Viaje

Escribir una anécdota de viaje en la que se vea un paisaje de fondo. Extensión: 2.000 caracteres

Uno nace sin saber de dónde viene, o tal vez sabe pero prefiere olvidar. Uno esconde, tapa, pone recuerdos propios y ajenos debajo de la alfombra así no arruinan el paisaje. Sin saberlo nací envuelta en una historia con bastante dolor acumulado de generación en generación. Idas y regresos entre Argentina y España. Huidas, despedidas, reencuentros, llanto. Mi abuelo Candel escapó de la España franquista y terminó su vida en Comodoro Rivadavia. Papá nace, crece, tiene su familia. Sus hijos, mi hermano y yo, no pudimos conocer al abuelo que falleció joven. Yo aún acá, mi hermano volvió a España. Porque en este caso no es irse, es volver.


En esta historia siempre hubo un lugar que daba el único marco de alegría a la constante sensación de ojos tristes. La Hostería Steiner, a 2 km del centro de El Bolsón, se transforma en el único oasis dentro de un desierto incierto de personajes con hombros caídos y voces de llanto. Frente a la hostería el imponente Cerro Piltriquitrón, altísimo, como observando estas visitas de viajeros a lo largo de los tiempos.

En los años 50 mi abuelo pasaba al menos dos meses de verano en la hostería y usualmente lo llevaba a mi papá. Viajeros de tren y luego a caballo. Recuerda mi papá cómo recorrían los senderos del ¨Piltri¨ (como los locales llamaron siempre al cerro, que pasa a ser una especie de gurú a quien se le consulta todo, adonde se van a buscar respuestas) subidos sobre algún caballo que estaba con su montura listo en cuanto ellos llegaban a la hostería. Así recorrían también caminos largos hasta el Lago Puelo e iban a la playita, donde mi papá jugaba a tirarse desde un tronco empotrado en el fondo del lago mientras mi abuelo leía un libro acostado en la playa de piedras levantando cada tanto la mirada para saludar a su hijo Danielcito. 

Año 2015 me toca a mí hacer este recorrido al pasado, como un viaje en el tiempo. Es extraño llegar a la hostería y ser reconocida por su dueña Ana como la nieta de Candel Lopez. La escucho mientras prepara una merienda en la cocina de azulejos azules, idéntica a la cocina de las fotos con mi papá de diez años. Me cuenta cómo mi abuelo tenía un rincón para tomar el sol y cómo mi papá se acercaba a esa misma cocina gritándole al hijo de los dueños para ir a jugar. Así salían corriendo al parque enorme, verde, muy arbolado. Ana se hizo cargo del negocio de sus padres, está sola, sin niños correteando. Ya no prepara cenas, sólo el desayuno. Se la ve cansada. 

Me quedo dos días en la hostería, leo en el parque al sol y desayuno en las mismas mesas donde desayunaba mi abuelo. Duermo, observo las aves que revolotean, juego un rato con los perros. Camino por el parque y me impresiona saber que es el único lugar compartido con mi abuelo. El único espacio en el mundo que me permite imaginarlo, al menos por un instante. 

El Piltri sigue observándome mientras me alejo de la Hostería con destino a la playita en el Lago Puelo, quiero seguir imaginando que puedo ver al abuelo dándole su mirada de aprobación a mi papá que sigue jugando a los piratas desde el tronco empotrado en el fondo.

DESPUÉS DE ALGUNAS CORRECCIONES DE LA PROFESORA, REPUBLICO EL TEXTO CON ALGUNOS CAMBIOS....

Uno esconde, tapa, pone recuerdos propios y ajenos debajo de la alfombra así no arruinan el paisaje. Sin saberlo nací envuelta en una historia con dolor que se fue acumulando de generación en generación. Idas y regresos entre Argentina y España. Huidas, despedidas, reencuentros, llanto. Mi abuelo Candel escapó de la España franquista y terminó su vida en Comodoro Rivadavia. Papá nació, creció, tuvo su familia. Sus hijos, mi hermano y yo, no pudimos conocer al abuelo que falleció joven. Yo aún acá, mi hermano volvió a España. Porque en este caso no es irse, es volver.

En esta historia siempre hubo un lugar que daba el único marco de alegría a la constante sensación de ojos tristes. La Hostería Steiner, a 2 km del centro de El Bolsón, se transformó en el único oasis dentro de un desierto incierto de personajes con hombros caídos y voces de llanto. Frente a la hostería el imponente Cerro Piltriquitrón, altísimo, como observando estas visitas de viajeros a lo largo de los tiempos.

En los años 50 mi abuelo pasaba al menos dos meses de verano en la hostería y usualmente lo llevaba a su hijo. Viajeros de tren y luego a caballo. Sobre las monturas recorrían los senderos del ¨Piltri¨, buscando respuestas, como si el cerro fuera un gurú. Así se acercaban hasta el Lago Puelo e iban a la playita, donde mi papá jugaba a tirarse desde un tronco empotrado en el fondo del lago mientras mi abuelo leía un libro recostado sobre las piedras levantando cada tanto la mirada para saludar a su hijo Danielcito.

A principios del 2015 me encontré tal vez sin saberlo haciendo un recorrido al pasado, como un viaje en el tiempo. Fue extraño llegar a la hostería y ser reconocida por su dueña Ana como la nieta de Candel Lopez. La escuchaba mientras preparaba una merienda en la cocina de azulejos azules, idéntica a la cocina de las fotos con mi papá de diez años.  Me contó cómo mi abuelo tenía un rincón para tomar el sol y cómo mi papá se acercaba a esa misma cocina gritándole al hijo de los dueños para ir a jugar. Así salían corriendo al parque enorme, verde, muy arbolado. Ana se hizo cargo del negocio de sus padres, quedó sola, sin niños correteando. Ya no preparaba cenas, sólo el desayuno. Se la veía cansada.   

Me quedé dos días en la hostería, leí en el parque al sol y desayuné en las mismas mesas donde desayunaba mi abuelo. Dormí, observé las aves que revoloteaban, jugué un rato con los perros. Caminando por el parque me impresioné al saber que ese era el único lugar compartido con mi abuelo. El único espacio en el mundo que me permitía imaginarlo, al menos por un instante.


Me alejé de la Hostería con destino a la playita en el Lago Puelo. Sentí de golpe cierto alivio al comprender que mi abuelo Candel fue no sólo un exiliado, un hombre político, sino también un hombre de piel y hueso, una persona real. Su imagen se alejó de la leyenda urbana para transformarse sólo en mi abuelo. Pude visualizarlo con su mirada de aprobación a mi papá que seguía jugando a los piratas desde el tronco empotrado en el fondo.

martes, 7 de julio de 2015

Fotos de la Patagonia....

Lago Posadas, el camino es difícil pero al encontrarse con esto uno se olvida de todo...

Bosque en Parque Nacional Los Arrayanes,la luz del sol creo la magia y por poco no vemos duendes saliendo de las piedras....

Cerca de El Chalten....

Estancia Patagonica en Lago Posadas, frente a la estancia hay un muellecito para sentarse a tomar mates y disfrutar de la quietud del Lago...

Parque Nacional Perito Moreno...una familia de guanacos nos sacó unas cuentas sonrisas.

Parque Nacional Perito Moreno, la luz del sol nuevamente haciendo maravillas....

Parque Nacional Perito Moreno,el viento era insoportable pero esta vista, estos colores,apaciguaban las ganas de volver a la carpa...

La ven? La ves? Donde esta? Ahi, Ahi!!,juego eterno recorriendo el Parque Nacional Perito Moreno. Es al atardecer cuando las liebres salen de sus madrigueras y comienzan a divertirse...

Arte sutil, arte precioso, la naturaleza nos enseña....

Publicación en Nosotros de El Litoral el 4 de Julio de 2015

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2015/07/04/nosotros/NOS-06.html?origen=newsletter

Ruta 40, camino de vientos y silencio
Ruta 40, camino de vientos y silencio
Objetivo de este viaje: aislarse, desconectarse, desenchufarse, encontrarse, respetar los tiempos de la mente y el cuerpo, desaparecer un poquito. La Patagonia es el lugar adecuado para lograrlo, donde todo es tiempo y espacio eterno.
TEXTOs Y FOTOS. REGINA CANDEL MARTÍNEZ.

Salimos una mañana de febrero desde casa con tranquilidad. Teníamos un poco más de un mes por delante de incertidumbres y aventuras por la tierra de lo lejano y lo desconocido. Auto listo y de pronto notamos que cada vez llevamos más cosas. ¡Tan diferente iba a ser este viaje a aquel que hice en 2002 de mochilera! Que no falte nada para recorrer la preciada Ruta 40.
La primera noche, luego de 1.200 km y 16 horas de auto, la pasamos en el hotel de ruta de Casa de Piedra. La noche fue perfecta. Descansados y bien desayunados, salimos hacia Bariloche para hacer noche en Colonia Suiza. Ya con los pies y las ruedas en la Patagonia se comenzó a sentir poco a poco otro aire, tierra rala, aroma a frutos rojos y a ripio. El camino fue inmejorable, con algún que otro camión que nos hacía bajar la velocidad a 40. El paisaje ya prometía, con El Chocón a la izquierda y Piedra del Águila cerca. Finalmente llegamos a Bariloche. Paramos en la estación de gas con mejor vista del mundo: el azul del Nahuel Huapi en su inmensidad mezclado con algunos picos nevados de fondo, entre ellos el Cerro Catedral.
Esa noche armamos campamento en el camping de la playa de Colonia Suiza. Lamentablemente, la música de nuestros vecinos nos acompañó hasta las 5 de la mañana y no nos dejó dormir. Hay gente que no sabe escuchar cuando la Patagonia le habla.
La segunda parada fue en El Bolsón, luego de parar en los lagos Gutiérrez y Guillermo a tomar mates y de una cerveza Berlina en un parador de El Foyel. Tengo una conexión especial con El Bolsón ya que era el lugar elegido por mi abuelo para llevar a mi papá a pasar las vacaciones de verano. Allí estaban dos meses parando en una hostería que aún los recuerda. A mi abuelo nunca llegué a conocerlo; por eso fue raro ser reconocida como la nieta de Candel López.
Seguimos viaje rumbo a Lago Puelo. Fuimos a la playita donde mi papá solía ir todos los veranos. Desde el tronco que aún se ve dentro del lago, él y sus amigos se tiraban y jugaban a ser marineros o piratas. Lo imagino a mi abuelo mirando a Danielito desde la orilla. Dejamos recuerdos imaginados de lado y seguimos. El camino nos hizo pasar por Cholila y, finalmente, el Parque Nacional Los Alerces. El camping que elegimos nos sorprendió con un espacio al lado del lago y rodeado de arrayanes. Un fogoncito y las estrellas para terminar otro día de camino por esta Patagonia inmensa.
Al siguiente día almorzamos en Trevelin, pueblo hermano mellizo de Gaiman por sus antepasados galeses. Uno en cada extremo de la Patagonia. Aquellos pobladores nuevos que se animaron a más, se movilizaron hacia la zona de la cordillera y fundaron Trevelin, que uno nunca sabe dónde acentuar para pronunciar. Desde allí salimos despacio hacia el sur con destino a Río Mayo.
EN CAMINO
Ya tenemos a la Ruta 40 como guía. Nos da mucha curiosidad ver qué sigue, cómo se va a dejar dominar esta ruta mítica que no quiere ser menos que la misma Cordillera de los Andes y que por eso decidió acompañarla de sur a norte. Es raro cómo el km. 0 está -en realidad- en Cabo Vírgenes, sobre el Océano Atlántico, como si un imán la hubiera desviado hacia la cordillera y ya nunca más se hubiesen podido despegar.
Sentimos que aquí empezaba el camino desconocido, aquel con el cual expedicionarios y aventureros soñaron y Francisco P. Moreno como mayor representante y figura destacada a lo largo de toda la ruta 40. Hay un pueblo, un Parque Nacional y un glaciar con su nombre.
Pasamos por Tecka. Paramos en la estación YPF donde había una larga cola para cargar nafta. A partir de aquí comienzan a escasear las posibilidades de llenar el tanque. Parte de la organización del viaje consta en tener bien en claro dónde están las estaciones de servicio y si la carga que hacemos va a ser suficiente para el trayecto siguiente. En varios recorridos tuvimos que llevar nafta en un bidón extra.
Kilómetro a kilómetro vamos entrando en La Patagonia. Ya estamos en Santa Cruz. Nos recibieron guanacos y choiques en la ruta. Al aproximarnos al Lago Buenos Aires, ya en Los Antiguos, sentimos que estábamos al lado del mar. Era tanto el viento que parecían olas de surf que se acercaban a la orilla del lago. Nos asustamos un poco con la idea de acampar,así que conseguimos una cabaña económica.
PAISAJES Y RECUERDOS
Las vistas de la montaña nevada mezclada con meseta, lago y río aturden por su belleza. Si algo envidio de estos lugares es la tranquilidad con la que vive la gente. Puertas abiertas, no hay rejas, las bicicletas en la calle y sin candado. El otro lado de la moneda es el clima que agota. Viento constante, eterno compañero de este paisaje erosionado. Es maravilloso lo que la mano del pionero ha conseguido. Con árboles y un buen aprovechamiento del agua para riego lograron chacras donde se cosechan kilos y kilos de cerezas para exportación y grandes espacios verdes. Vida dura. Gente sonriente. Combinación rara para lo que estamos acostumbrados. De todo se aprende.
Listos para salir. Auto cargado, tanque lleno, mapa a mano para recorrer los 120 km. que separan Los Antiguos de Lago Posadas por el camino interno, conocido como el Camino del Monte Zeballos. Fue entrar a una dimensión paralela, vimos 4 camionetas en dos días, los costados del camino no dejaban de mostrar rarezas, una al lado de la otra, como si uno pasara por varios lugares diferentes del mundo, todos concentrados en unos pocos kilómetros.
Pasamos una noche a mitad de camino. Armamos carpa, fogón y cocinamos. La noche no nos trató muy bien hasta las 2 de la mañana, hora en que finalmente calmaron los vientos y la naturaleza nos dejó descansar. La mañana fue mágica. Nos levantamos con un sol calentito sobre la carpa, el sonido del río corriendo, las aves cantando y las montañas gigantes rodeándonos. Disfrutamos de una caminata, armamos todo y salimos hacia Lago Posadas (o Hipólito Yrigoyen, como aún aparece en los mapas). Es un pequeño pueblo a 80 km. de ripio por la Ruta 40. Desde aquí se sale a recorrer los Lagos Posadas y Pueyrredón. Llegamos agotados al pueblo y con tierra en todos lados. Un buen baño y una buena cena en una posada nos relajaron.
Pasamos dos días al lado del Lago Pueyrredón, en un camping. Silencio. Silencio es lo que finalmente encontramos. En las playitas donde hicimos paradas a comer o sólo a juntar piedritas de los más variados colores. Silencio en la bajada al Arco de Piedra, formación rocosa en medio del Lago Posadas. Silencio e inmensidad en el Cañón del Río Oro, donde uno se recuesta sobre una piedra y mira hacia abajo para encontrar el río corriendo a 100 metros bajo nuestras narices. Es indescriptible la sensación. Ni siquiera sacamos fotos. No tenía sentido ya que sólo iba a estropear el real recuerdo del lugar. Silencio armando nuestra carpa al lado del lago. Silencio frente al fogón con un vino tinto de compañía. Silencio en los atardeceres perfectos donde el sol pegaba contra las montañas y las teñía de cálido. Silencio mientras leía un libro y tomaba un mate. Silencio: te fuimos a buscar y te encontramos.
DE CUEVAS Y LEONAS
Salimos de Lago Posadas hacia la Cueva de las Manos. Dormimos en una estancia desde donde sale un camino de ripio de 20 km. y un trekking de 45 minutos para llegar a la central de guías de las cuevas. Es un paseo más que interesante.
Partimos a la mañana siguiente hacia el Parque Nacional Perito Moreno, uno de los que recibe menos cantidad de visitas al año, a 70 km. desviándose desde la Ruta 40 por camino de ripio. En invierno suele pasar que los guardaparques se quedan aislados por la nieve que hay en el camino. El paisaje nos siguió regalando momentos íntimos con guanacos, liebres y choiques corriendo al costado de la ruta y escapando de nosotros. Fueron dos días de camping libre en el parque.
Viento, viento, viento y más viento constante. Las caminatas se disfrutaron más cuando estábamos entre dos montañas, protegidos. No vimos ni huemules ni pumas. Pero la chance de ver a cualquiera de los dos eran reales y por eso nos manteníamos siempre alertas con la cámara preparada. Dejamos atrás el parque.
EL ÚLTIMO TRAMO
La próxima parada fue en Gobernador Gregores. Llegamos muy cansados y sucios de los dos días de casi no dormir y de no bañarnos. Conseguimos alquilar una cabaña donde pudimos descansar, recuperar fuerzas para el último tirón de esta parte del viaje que concluiría en El Chaltén.
Viajamos desde Gregores hasta el Parador La Leona, que queda a 120 km. de El Chaltén. Supuestamente le pusieron este nombre a fines del siglo XIX recordando cuando Francisco P. Moreno fue atacado por un puma en la zona. Fue paso de los laneros que debían llevar su producción en carretas hasta el puerto sobre el Atlántico. Fue estancia de Butch Cassidy y su patota antes de tener que escapar hacia Chile por el robo al banco de Río Gallegos. Fue el paso y hogar de grandes alpinistas que se animaron al Cerro Torre, al lado del Fitz Roy, considerado una de las cimas más difíciles del mundo.
A la noche llegó un nuevo acampante: Francois. Francés. Ciclista. Muy bien equipado. Armó su carpa de kilo y medio y sacó todo lo necesario para cocinar fideos con atún. Se sumó a la charla y nos aceptó una cerveza. Nos contó de un viaje a Botsawa, África, donde escuchó desde su carpa cómo varios leones atacaban a una hiena a solo metros del lugar. También nos contó de un viaje en velero con su esposa e hijas. Se quedaron dormidos y chocaron. Perdieron todo. Tuvieron que pasar unos días en una isla desierta hasta que encontraron a unos pobladores. A los pocos días volvieron a casa. Nos contó también del viaje a Patagonia. Lleva 2.400 km. de pedaleo, día tras día, la mayoría solo. Nos contó finalmente que había optado por este viaje luego de la muerte de su esposa. Ella tenía 67 años. Él tiene 70. Me había olvidado de mencionar este detalle. La vida pasa rápido, pero cuando hay camino recorrido parece mucho, muchísimo más larga.
* * *
Final del viaje. Se ve el Fitz Roy nevado desde la ruta. Llegamos a El Chaltén. En estas tierras, Argentina usa guardapolvos blancos y tiene como juguete de cabecera el soldadito de plástico verde. En estas tierras, Argentina no tiene rejas ni puertas de seguridad. En estas tierras, Argentina parece otra.
HISTORIAS
• A la gente le gusta contar historias, las propias y las de otros. Estoy sentada sola en la plaza del pueblo, un hombre se me acerca de a poquito. Quería contarme cómo había cambiado su vida. Se jubiló y se vino de Adrogué a este pueblo. Se construyó la casa, “y que ahora me vengan a visitar los nietos”.
Una profesora de inglés decidió cambiar rotundamente su vida. Se vino con 45 años y sus hijos a cubrir el puesto de teacher que tenía la escuela secundaria. De cobrar 4.000 pesos pasó a un básico de 10.000, sin contar antigüedad ni zona desfavorable, y pasó de tener 300 a 25 alumnos.
Ruta 40, camino de vientos y silencio
Los guanacos, fieles compañeros de ruta por Santa Cruz.
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Una de las tantas postales que la Patagonia regala al viajero.
EL CACIQUE INACAYAL
En Tecka está el mausoleo del cacique Inacayal y toda su familia. Él y su gente tuvieron una vida de guerreros apoyando al Estado argentino, hasta que fueron menospreciados y echados de sus tierras. Los mandaron a Buenos Aires como ganado a cumplir roles de servidumbre.
Francisco P. Moreno les regaló al menos un poco de decencia llevándolos a trabajar al Museo de La Plata. El cacique falleció lejos de su tierra. Sus restos fueron trasladados después de muchos años y enterrados finalmente en Tecka.
+datos
CONTACTO
Regina Candel Martínez: e-mail: regicandel@hotmail.com; en Internet: www.uniendo-caminos.blogspot.com.ar.


domingo, 19 de abril de 2015

Artículo sobre El Chaltén en El Litoral del 18/04/2015

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2015/04/18/nosotros/NOS-18.html?origen=newsletter

Chaltén, la capital del trekking
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Rodeado de montañas, El Chaltén es un pueblo tranquilo, prolijo y con mucho respeto por los espacios públicos.
En un viaje de 35 días por Patagonia, viene bien hacer una parada un poco más larga a mitad de camino. La tierra, el ripio, el viento y las rutas que parecen eternas llegan a cansar hasta al viajero más aventurero. Para esa pausa, la autora eligió El Chaltén.
TEXTO. REGINA CANDEL MARTÍNEZ. FOTOS. REGINA C. MARTÍNEZ Y ARCHIVO.
Fueron días intensos desde que salimos de Gobernador Gregores. Después de dejar el Parador La Leona atrás encaramos para El Chaltén, al encuentro con Caro y su familia y a la espera de Felipe, un amigo que llegaba ese día desde Rio de Janeiro.
Caro es una de esas mujeres que se animó a un cambio radical en su vida, esas personas a las cuales admiro por su valentía y espíritu de movimiento. De vivir en Capital Federal se fue una temporada a conocer y trabajar en El Chaltén, y la encantó de tal manera que nunca más se pudo ir. Conoció a Jorge con quien hoy tiene tres hijos hermosos: Juana, Pedro y la pequeña Olivia, que me conquistó con su sonrisa simpática.
En El Chaltén son todos inmigrantes de otras partes del país o de otros países latinoamericanos. Porteños, misioneros, jujeños, colombianos, paraguayos y etceteras han conformado lo que hoy es la capital del trekking. Todos van en busca de una vida más tranquila y en contacto con la naturaleza (ya que el pueblo está dentro del Parque Nacional Los Glaciares ) o de un mejor pasar económico, ya que los sueldos en general son bastante más altos de lo que estamos acostumbrados en el centro y el norte del país. O simplemente van en busca de un cambio y la montaña los atrapa.
Es un pueblo que nació hace poco y está en pleno crecimiento. Hoy son 800 habitantes, 550 personas más de cuando lo visité en el año 2003, muchas más casas y muchas en construcción. Muchos más comercios y hoteles preparados para recibir centenares de viajeros con perfil de mochila.
Todos los viajeros parecen figuritas repetidas, vestidos con Montagne o North Face, mochila al hombro, palitos de trekking, calzado adecuado. Recorren varios kilómetros por día de los senderos que ofrecen en la oficina de Guardaparques. Otros van con expectativas mucho más altas. Montañistas amateurs o profesionales que pagan miles de pesos/dólares a un guía para tener la experiencia de sus vidas enfrentando cerros, glaciares, viento, nieve y sus propios medios. Nos cuentan que una expedición de entre 6 y 20 días, dependiendo del clima, puede costar 5000 dólares. La mayoría sale bien y todos vuelven a casa contentos. Otras veces hay que llorar a los que desaparecen. A veces me sorprende hasta dónde el ser humano se exige más allá de los límites normales. No entiendo la pasión de los montañistas que son capaces de entregar sus vidas por enfrentar el cerro Torre, uno de los más difíciles del mundo, para tocar la cima, no tanto por su altura sino por la pared recta a la cual el hombre debe colgarse para lograr su objetivo. Un paso en falso y listo, ya no pueden contar más historias. Las pasiones superan definitivamente cualquier razonamiento.
Caro y Jorge nos prestaron una casilla al fondo de su casa. Nos instalamos y dormimos muy bien después de un día de encuentros. A la mañana siguiente fue hermoso levantarse y descubrir las montañas nevadas atrás de la casilla. Armamos una mesa y sillitas, y desayunamos afuera para planificar los días que teníamos por delante.
EL CLIMA TIENE LA ÚLTIMA PALABRA
El clima es tema común en las preocupaciones de la gente en El Chaltén. Todo depende de si va a llover o no, si el viento va a dejar caminar o es mejor quedarse adentro ya que, si sopla demasiado fuerte puede hasta ser peligroso. Es muy cambiante. No es un clima que quisiera tener, pero uno se acostumbra a todo. Nos cuentan que algunos chaqueños vuelven a su casa en el norte y se quieren volver rápidamente a los cambios climáticos patagónicos. Prefieren eso al calor y los mosquitos. Yo me quedo con lo último. No me imagino levantarme a las 6 de la mañana en pleno invierno con horas de noche por delante y tener que salir de mi casa a la nieve para ir a trabajar. Caro, por el contrario, dice disfrutar de salir temprano y ser la primera que deja marcas de las ruedas en la nieve. Cada ser humano va buscando y encontrando su camino; ninguno es definitivo, lo importante es cada tanto mirar donde uno está parado y preguntarse si en ese preciso momento está feliz o si cambiaría algo. ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Búsqueda eterna.
La última noche hicimos un asado patagónico con cordero y nos despedimos a puro baile y risas con los hijos de Caro. Fueron días de mucha compañía, de brindis y niños jugando alrededor, de caminatas largas con buena charla y de vistas panorámicas como nunca vi en mi vida.
No viviría en El Chaltén, principalmente por el clima cambiante y la presencia del viento casi constante. Todo es lejos. Al punto que es un pueblo donde nadie nace y nadie muere. A los hijos hay ir a tenerlos a Rio Gallegos, a casi 500 km del pueblo. Y los muertos son enterrados en Calafate, a 240 km. El acceso a internet es casi nulo: solo en una hostería tienen una conexión fluida por pagar servicio satelital. No hay horizonte: el pueblo está rodeado de montañas. Pero no se puede negar que tiene su encanto, ese que se logra por vivir dentro de un Parque Nacional. Hay prolijidad, limpieza y respeto por los lugares públicos, hay conciencia ecológica y una tranquilidad difícil de encontrar en otras partes del país.
Nos despedimos con alegría de la familia de Caro y de la casilla-refugio frente a montañas que pasaron a ser nuestras al menos por un rato.
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El cerro Torre, uno de los más difíciles del mundo por la pared recta que hay que sortear antes de llegar a la cima.
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Vista del lago del Desierto, ubicado a 30 km. de el Chaltén, en inmediaciones de la frontera con Chile.

viernes, 20 de marzo de 2015

Historia de pinguinos

Patagonia es cansancio, viento y piel arrugada.
Patagonia es guanaco y choique, mata achaparrada.
Patagonia es mar y cordillera, bosque tupido.
Patagonia es casas de chapa, ferrocarriles abandonados, valles fertiles resguardados.
Patagonia es glaciar, lago y desierto.
Patagonia es historia y presente.
Patagonia es locura y rechazo, pasión por lo desconocido y temor de lo lejano.
Patagonia es silencio envuelto para regalo.

Sin buscarlo, ni quererlo, ni saberlo viví un momento de plena intimidad con el mundo real, no este que creamos los hombres en pos del avance hacia vaya uno a saber donde. Intimidad real, que provoca risa y llanto. A veces los momentos mas hermosos, las personas mas amadas, llegan cuando uno esta distraído. Así fue mi encuentro con estos seres pequeños, blanco y negro, que son aves, pero nadan y no vuelan, que son de una sola pareja pero a su vez conservan su libertad, grandes aventureros que salen al mundo y que vuelven, siempre vuelven, al mismo nido. Estos seres que por alguna razón llamamos pinguinos, curiosos e inocentes, indefensos. Los pinguinos. Ellos me mostraron parte de su vida sin que yo se los pidiera.

Entrando en su mundo de pronto fui consciente del ruido que había alrededor. Gritos desgarradores a lo largo y a lo ancho de toda la pinguinera. Llanto de desesperación y de búsqueda. Acá estoy, decían. Volvé a casa, repetían. Los mas jóvenes daban vueltas como perdidos, sin comprender el retorno como algo indispensable para continuar existiendo. Aun no saben lo que es dejar el hogar. Por momentos dos picos adultos se enfrentaban a combate, el ruido grave de sus armas interrumpía el grito de llamado de algún compañero.

Allá a lo lejos se comenzó a ver nadadores que con gran destreza desembarcaban en la playa y en grupo caminaban lentamente hacia los nidos. Paso acompasado, sin apuro. Ya llego, se escuchaba. 

Paso, paso, paso, paso. 
Pausa. 
Oído. 
Paso, paso, paso. 
Pausa. 
Mirada. 
Paso, paso. 
Allá. 
Un paso mas. 
Llegué.

Así los encuentros se fueron sucediendo, mas tarde o mas temprano. A la playa seguían llegando grupos de nadadores pescadores. Los jóvenes clamaban por la protección de sus padres y los padres mientras se regalaban muestras de cariño. Una comunidad trabajando con placer por sobrevivir.
 Me despedí conmovida y feliz, con ganas de observarlos eternamente y que sus alegrías y tristezas se hicieran mías. Encuentros y despedidas son la base de su vida. Tal vez por eso me sentí tan identificada con su existir.

Bienvenido. Hasta pronto. Nos vemos al regreso. Cuidate. Me cuido. No te preocupes. Con un gesto me imagino que esto es lo que se dicen los pinguinos entre si, tal cual hacemos los humanos cuando nos dejamos llevar por el fluir natural de la vida. Ir y venir, como las olas, como el viento, como los pinguinos

jueves, 5 de marzo de 2015

Ultima parte del viaje...

Hoy siento que el viaje se termina...saliendo de Puerto San Julian nos dirigimos a Bahía Bustamante y Camarones.

A mitad de camino visitamos el Monumento Natural Bosque Petrificado. Son 50 km de tierra para encontrarse de pronto en el medio de la nada misma, donde pocos animales aguantan la vida sin agua dulce de río ni lluvias. Acá se ve historia natural. Frente a nosotros teníamos un árbol recostado de varios metros que ya no era materia vegetal sino mineral. Una roca con betas de árbol, con sus marcas de anillos y astillas. Allí hubo agua, hubo actividad volcánica y hubo dinosaurios. Hubo un bosque tupido donde hoy hay nada. La historia natural, esa que nos tratan de explicar en la secundaria y a la cual nosotros le escapamos. Hoy, de adulta, entiendo que esos conocimientos son tambien viajar, tratando de entender el pasado para viasualizar lo que somos. Seres que no tienen control sobre nada. La naturaleza tiene el poder absoluto sobre nuestras existencias. Los cambios son gigantes. Tal vez de acá a un millón de años vuelvan los dinosaurios. ¿por que no?

Bahía Bustamante fue una gran decepción. Son 35 km de tierra desde la ruta 3 para encontrar una cerca cerrada que dice que SOS bienvenido pero si hiciste reserva. Resulta que es un pueblo privado dentro de una estancia que se fundo por pioneros de la zona para la explotación de las algas. Hoy la empresa se llama Soriano S.A. nos vino a recibir una persona para saber si teníamos reserva. Al decirle que no nos explico que las posibilidades de hospedaje eran el hotelito con pensión completa y dos actividades por 250 doooolllaaareeessss la noche. O sino la versión económica era una casi ta con cocina, sin nada incluido a 140 dooollaressss la noche. Acampar no se puede y ademas no hubiéramos querido. Por la presencia de las algas es impresionante la cantidad de moscas. Ni siquiera pudimos sentarnos a comer un sándwich que habíamos llevado. Así que, espantados por los insectos y los precios, escapamos por el camino interno de ripio hacia Camarones.

Allí encontramos el camping municipal muy cómodo y frente al mar. La visita a Cabo dos Bahía es para otro post, principalmente la experiencia en la pinguinera. Día que no me voy a olvidar nunca. Fue naturaleza viva, sin un zoológico que marque limites al comportamiento puro de estas aves. Camarones es un pueblo que ha crecido mucho pero que en realidad no tiene gran actividad económica. Básicamente la gente busca acomodarse con un empleo en lanadministracion publica. Un mal que fuimos viendo a lo largo de toda la patagónica. Los barcos de pesca no consiguen quien trabaje. Es un pueblo con grandes problemas para conseguir agua dulce, hay un acueducto y otro en proyecto desde hace dos años atrás. Pero el cuidado del agua es extremo.

Camarones quedo atrás para acercarnos a otra historia. Gaiman y los asentamientos galeses de fines del siglo XIX. El museo del ferrocarril viejo es imperdible. No solo por los objetos que se muestran sino porquien lo dirige que no para de hablar de historia de la zona. Solo es cuestión de hacer preguntas. En Gaiman nos dimos el lujo de sentarnos en una de las casas de te para descubrir que la tan famosa torta galesa no es de Gales ! Sino que fue un invento de los galeses en la patagonia aprovechando las frutas que tenían como recurso en la zona.

Siempre hay cosas que se dejan de hacer en un viaje. Esta vez fue la Península de Valdés. Ya no dan los tiempos, pero siempre siglo que mejor dejar de hacer algo para tener la excusa de volver.

Después de empalagarnos de dulce con te y varios km de ruta, llegamos a Viedma. Estoy con sueño, ya son las 2 de la mañana.

Aun tengo piel de gallina de la llegada a la pinguinera, ya les contare...

Mañana a Bahía Blanca, al encuentro con amigos viajeros, tal vez a comenzar los planes para una próxima salida al mundo.

Hasta mañana.