La Paloma, enero 2016.
Adoro Uruguay. Una isla donde todo funciona en aparente paz
y armonía en medio de un continente donde las palabras caos y crisis cuadran a
la perfección. Para llegar a Uruguay hay que cruzar el río del mismo nombre.
Desde Gualeguaychú se traspasa un puente de 5300 metros para llegar del otro
lado y hacer el ingreso al país vecino por Fray Bentos. El río es tan ancho que
costaría llegar de una orilla a la otra en piragua.
Llamativamente los controles al pasar la frontera son casi
nulos; dni y tarjeta verde del auto. Son
de conocimiento popular que son las fronteras hacia Bolivia y Paraguay las más
exigentes, ya que por ahí se pasan drogas, dinero no declarado y personas por
trata de blancas. Parece ser que por Uruguay no pasan estas cosas. Los
oficiales de migraciones son divinos y confiados. Será tal vez la manera de no
generar caos ni nigún tipo de crisis entre estados hermanos.
En Uruguay nadie recibe pesos argentinos, pero sí dólares.
Una buena manera de conseguir cambio es pagar con dólares y recibir el vuelto en
uruguayos acompañado de su frase preferida: ¨A sus órdenes¨. Así uno se despide
de cualquier vendedor.
Adoro llegar a los destinos de noche. La Paloma es un pueblo
de 5500 habitantes durante el año. Esta población debe triplicarse durante el verano.
Las casitas de alquiler, los dos hoteles cerca del faro y los campings están
completos desde el 20 de diciembre hasta aproximadamente el 15 de enero. Luego,
Uruguayos, Brasileros y Argentinos continúan haciendo su parada en estas playas
pero en menor cantidad. Llegar a la Paloma pasa casi inadvertido de noche, se
lo ve oscuro, con luces tenues en sus calles. No se sabe muy bien qué hay a los
costados del camino. Al otro día, con el sol de farol, se descubre un paisaje
que combina playas de arena largas, playas de piedra, médanos y bosque.
Las mañanas siempre ideales para ir a la playa transcurren
al sol. Las familias caminan hasta las playas con nombres extraños como
Anaconda con sus sombrillas, sillitas, baldecitos y palitos de los más chicos.
Los surfers van silbando bajito sin calzado, con el traje de neoprene puesto y
la tabla debajo del brazo. Grupos de adolescentes y jóvenes eligen La Balconada
para juntarse. De golpe una trompeta se escucha a lo lejos. Llega el
empanadero. Un hombre con sombrero de ala muy ancha, ropa no muy cuidada que en
bicicleta y con un carro detrás, recorre todas las playas a lo largo vendiendo
empanadas. Super caseras, riquísimas. Si alguien le quiere comprar a su
regreso, ya no puede. Las vende todas. Realmente un éxito de empresa. Su
público lo espera día a día alrededor del mediodía con esos manjares que sacan
un poco el hambre después de una mañana de agua salada, un poco de viento y
mucho sol.
Las playas en Uruguay no tienen su espacio ocupado por
edificios, ni balnearios ni carpas. Sólo algunos ¨chiringuitos¨ sobre la arena.
Ideales para sentarse a tomar algo o bien comer un choclo recién cocinado. Las
playas son espacios públicos. Cualquiera entra y ocupa el lugar que más le
agrada. Lamentablemente siempre existen quienes confunden público con tacho de
basura. Algunas bolsas o botellas a la vista. El empanadero, preocupado por
esto, le pide a sus clientes que levanten alguna bolsa dando vueltas por ahí
que seguro alguien se olvidó sin querer.
Las tardes son diferentes. El viento siempre cambia de
dirección y puede mejorar o empeorar el día de playa. Los turistas se ponen sus
remeras o vestidos si hay más viento de lo deseado, pero se mantienen firmes
disfrutando de los días de playa que les quedan. A la tarde es el horario para
jugar al tejo o a las paletas. Alguno saca un boomerang y casi golpea al perro
del vecino que lo corre pensando que es un palito. Los surfers se divierten con
las pocas olas que hay, muchos están aprendiendo, otros entrenando para
probablemente el próximo verano ir a otro destino con olas más desafiantes. Hay
grupos de turistas que crecen día a día. Siguen llegando amigos y de pronto son
quince personas en ronda de mate y charla.
Adoro los atardeceres en la playa. Siempre dan ganas de
estar tomando una cerveza acompañado con rabas con mucho limón. Es la
combinación perfecta después de haber estado en el mar y seguir sintiendo la
sal en los labios. En La Paloma todos los atardeceres son diferentes. En
algunos el sol, un poco tímido, se esconde detrás de una nube antes de tocar el
horizonte.
La noche en La Paloma puede describirse en sus sabores. Te
puede encontrar haciendo un asado en los balcones de los departamentos de
alquiler frente a la playa. Tal vez tiene más sabor a paella cocinada frente al
público en la feria de artesanos. O a algún plato con langostinos y cerveza
fresca de los comedores más tradicionales. Todos llegan a la noche con hambre
después del día de playa. Después, con el sonido de las olas, se puede dormir
soñando con el faro iluminando a los pescadores que probablemente a las cinco
de la mañana partan con sus barcos diminutos.
Adoro Uruguay.
