jueves, 9 de noviembre de 2017

Masajes Shantala, la India presente nuevamente en mi vida.

A todos nos gusta un hermoso masaje, nos relaja, nos hace renacer en mil sentidos. A mí me hace cerrar los ojos, me hace dejar por un momento este mundo, me hace, a veces, hasta llorar. 

¿Cómo no expresarme de esta manera con mi hija? Entregar el poder curativo de las manos para demostrar el más profundo amor. Preparar el ambiente con música y sonidos de la naturaleza, poner una manta sobre la cama, una almohada para su cabeza. Recorrer ese cuerpito en miniatura, suave, sin cicatrices de vida aún. Deslizar mis manos con un aceite natural por su espaldita y sentir como su cuerpo reacciona a los movimientos circulares de mis dedos. Tomar las diminutas manos y los diminutos pies y recorrerlos, contacto que va a dejar sus huellas. Cada caricia, cada beso es asegurarse que va a crecer feliz. 

Sonará cursi, pero el amor es la clave del éxito. Nada puede salir mal si se hace con amor. Estos masajes, descubiertos por un doctor francés llamado Frédérik Levober en la India, son la más absoluta demostración de amor de una madre a su hijo. Este médico vio en uno de sus viajes por la India a una madre en las calles de Calcuta haciendo estos masajes a su bebé. Me lo imagino acercándose a ver de qué se trataba, preguntándole a esta mamá sobre algo común para ella y totalmente exótico para él. Ella se llamaba Shantala, nombre que también se le a la diosa Parvati. Ella es la diosa del poder, es la diosa que da energía. Shantala, esta diosa encarnada en madre, le explicó a este médico francés su forma sencilla de empoderar a su propio hijo, con el contacto de sus manos, con la demostración de amor puro.

En el siguiente video se puede ver a Shantala haciéndole los masajes a su hijo, es un filme corto de Frédérik Levober. Se la puede copiar en la técnica, pero no en los sentidos que se despiertan. Cada bebé es único, como cada mamá. Es en el proceso de descubrirse que estos masajes cumplen su gran función.




domingo, 5 de noviembre de 2017

Ser mamá, ser teta.




Estado de incertidumbre, de bastante dolor y pena, de inseguridades cuando se rechaza la teta. Pareciera que este nuevo ser en el que una mamá se convierte estuviera tambaleando día a día a la espera de que la teta sea deseada y succionada por esa personita que estuvo en su panza, que no es suya pero que quisiera que lo fuera. 

La teta es todo…y como tal cuando es aceptada todo parece brillar, pero cuando se la rechaza se viene el mundo abajo. Ese mundo de madre puérpera, primeriza, con miedo de estar generando mucho o poco apego, con el miedo de no volver a sentir las cosas que sentía antes de ser mama, con la sensación de que nadie la entiende. Esa mama le hecha la culpa al mundo de no poder producir la leche que su hija precisa para nutrirse. Esa mama llora cuando la boca del bebe está cerca del pezón pero en vez de succionar con alegría hace gesto de puchero. Esa mama se enoja cuando siente que nadie entiende lo que le pasa, el mundo trata de racionalizar lo irracional, lo animal. El instinto de alimentar a su bebe no se mide con parámetros, no se puede pragmatizar. Esa mama se angustia cuando la inundan sentimientos de inutilidad y de ser prescindible. Ella piensa que si no puede alimentar a su cachorro entonces no sirve para nada, no entiende a su cría. No entiende su llanto, ni el del bebe ni el suyo propio.


Todo estado desaparece cuando finalmente la mama y el bebe se entienden, se sienten y se sonríen. Cuando la cría por si sola busca con la boca la sagrada teta para alimentarse y mira con ojos fijos y atentos a los ojos de la mama. Por ese momento glorioso, aunque dure unos pocos minutos al día, todo el resto, toda la angustia y el llanto, todos los miedos e inseguridades, todo vale la pena.