Socorro Latasa, la organizadora del Club de lectura de Aoiz, me volvió a decir que, si quería, podía hacer una nueva colaboración para su blog. Y me pareció una hermosa oportunidad para compartir uno de los capítulos del libro. Les dejo el link del blog de Socorro y a continuación, el capítulo publicado.
Entrada en blog Mi cuaderno, de Socorro Latasa
Capítulo del libro “Un viaje en
crucero por Europa” de Regina Candel Martinez
Historias
Las mejores historias son las que usualmente dejamos pasar por delante sin sentarnos a escribir. Hace muchos años atrás, cuando me di cuenta de esto, decidí cambiar esto y contar algunas de esas historias que cruzan en mi camino. Suelo interactuar con los personajes, tomar un café y hacer preguntas; a veces hasta me han invitado a entrar a sus casas.
Ese fue el caso de una mujer que conocí en Marruecos hace muchos años.
Su nombre era Lisbeth y nunca la pude olvidar. Era un mediodía tan caluroso que
tenía que cubrirme la cabeza con el turbante verde que me había comprado.
Caminaba sin rumbo definido en Chefchaouen, el laberinto celeste. Por allá a lo
lejos vi una calle un poco más angosta, ingresé y el aire se despejó en una
pequeña plaza blanca con personas sentadas en sus bordes buscando la protección
de la sombra. La mayoría eran hombres con sus taqiyas en la cabeza. Miraban pasar el tiempo, mientras
saboreaban un té de menta fuerte. La única mujer que estaba sentada en uno de los cafés no
era local, nos miramos, curiosas. Sin decirnos nada, sin conocernos, sentimos
ya cierta admiración una de la otra. Éramos mujeres solas en un país donde el
hombre no comprende que seamos viajeras con A.
Me acerqué y nos saludamos en inglés. Me invitó a sentar y a saborear un té de menta con mucha azúcar, como se toma allí, tan dulce que empalaga. Dos mujeres pasaron caminando y les causamos gracia por algún motivo. Tourist, tourist!, dijeron mientras señalaban a la mujer sentada al lado mío. Su nombre era Lisbeth y me explicó que ya no se sentía turista, que había dejado de serlo al pisar ese pueblo encantado, hacía ya cinco años. La vida en su país la había llevado a la necesidad inminente de un cambio. Había estado casada por 30 años y un día se enamoró de otro hombre (o de otra mujer, no quedó eso claro). No fue capaz de lidiar con la presión social que la estaba ahogando. No podía seguir casada, pero tampoco podía comenzar una vida junto a otra persona, sintió que el mundo la condenaría, entonces se fue. La vida es fugaz, no da tiempo para hacer demasiado, ella fue una de esas personas que se animó a aprovecharla y modificó estructuras para recrearse. No muchos son tan valientes. Nos despedimos con la promesa de un nuevo encuentro. Sin agendas. Sin horarios. Como era todo en la ciudad celeste.
Una mañana, me despertaron los rezos por altoparlante a las
5 de la mañana. Salí de mi saco de dormir y me quedé pegada a la pequeña
ventana de mi habitación. Me dolía el cuerpo. Tal vez el suelo no era el mejor
colchón. La vista del cielo rojizo del amanecer, los sonidos intensos de las
voces en el cielo y la silueta de las casas celestes prometían otro día de
hallazgos extraños en una ciudad donde el límite entre la magia y la realidad
es difícil de reconocer.
Nuevamente el encuentro casual con Lisbeth se dio en un café, una terraza a la cual yo ya había ido varias veces ya que me gustaba para sentarme sola a leer y tomar un té. Me habían quedado muchas ganas de hablar con ella, una de las pocas personas que me entendía cuando hablaba de mover piezas de un rompecabezas, de no ser estable, de lo hermosa y mágica que puede ser la vida si uno se lo permite.
Luego de una larga conversación, interrumpida por algún vendedor que ofrecía chalinas de los colores más increíbles, alguna mirada curiosa de los jóvenes que pasaban tomados de la mano o algún niño pidiendo comida, salimos del café a caminar hacia su nueva casa. Había decidido vender todo para comprarla y poner allí su galería de arte. Llegamos frente a la puerta de madera antigua. La abrió en cámara lenta y de golpe me vi adentro de un cuento de hadas y de alfombras mágicas. La casa era toda blanca y tenía espacios circulares, las paredes se unían de manera tal que uno sentía estar dentro de un huevo gigante y cálido. No tenía casi muebles, Lisbeth me explicó que no quería comprar cosas innecesarias. Lo que tenía era más que suficiente para vivir bien y cómoda. Tal vez fue de ella que aprendí lo insignificante de las cosas materiales y no de Marie Kondo ni de los minimalistas. Ahora que lo pienso, su inspiración inconsciente fue la que moldeó la decoración que había elegido para el piso que teníamos antes de tener que venderlo y migrar a España: todo blanco con algunas pinceladas de colores pastel, formas sencillas, muebles funcionales, detalles en madera y plantas. Me convidó con té y me contó sobre su proyecto. Se hizo de noche. Me fui de su casa sabiendo que no la volvería a ver.
Marruecos me obsequió estas apariciones, personas fantasmas que me invitan a sus casas y luego desaparecen, dejando una estela de ideas y sensaciones que después de mucho tiempo aún subsisten. De estos encuentros e historias está empapada la vida. En la mayoría de los casos, los protagonistas de las historias tienen una cara, pero no un nombre. Solo hace falta observar las miradas y los gestos para entender al personaje, para leer sus pensamientos y emociones. Muchas de estas lecturas pueden asemejarse a la realidad, entonces me gusta jugar a ser el Sherlock Holmes de las historias e imagino posibles conflictos y finales.
Este viaje en crucero es una piscina de historias: 12 países, 18 puertos, 3200 pasajeros y 900 tripulantes que hacen un total de 4130 potenciales relatos. Decido contar una historia por puerto y debo ser muy selectiva.
Si te gustó este capítulo y
quieres seguir leyendo, puedes acceder al libro en formato Kindle o papel en

