| En el desierto de Rajhastan,volviendo del Desert Safari |
¿Por qué pasa esto? No soy la única,
a muchas viajeras nos sucede que queremos salir corriendo desesperadas hacia
nuestras casas y nuestras costumbres, nuestra gente, nuestros olores y nuestros
tiempos. Queremos alejarnos de ese caos constante de tuc-tuc, rickshaws, vacas,
monos y perros callejeros. Las bocinas nos aturden de tal manera que lo único
que pensamos es en volver al silencio de la habitación del hostel.
¿Por qué pasa que después de unos
meses de salir de la India uno quiera regresar? ¿Qué hay en la India que me
imanta? Fui muy dura en mis reflexiones sobre esa inmensidad de país, su gente
y sus creencias. Pero, imprevistamente, después de unos meses retomo la lectura
del diario de viaje y me encuentro sonriendo ante los recuerdos. Veo que hay un
aire de alegría en todo lo que escribí, a pesar del desfile de miseria, de
pobreza y de angustias que pasaron por delante de mis ojos.
Vuelvo atrás y veo muchas caras
amistosas que ofrecieron su ayuda con sinceridad o que simplemente me regalaron
una sonrisa.
El joven de Nepal que había
decidido irse al desierto de Rajhastan a conseguir trabajo. Nos acompañó hasta
el tuc- tuc que a las 12 de la noche nos llevaba a la estación de trenes de
Jhodpur. Nos contó su historia. Nos saludó al despedirnos con la alegría de
quienes esperan volver a verse algún día.
El vendedor de libros en el fuerte
de Jaisalmer que con una frase se definió: ¨Los libros son mi alimento¨. Su
recomendación de libros sobre la India sobrepasaron mis expectativas.
La mujer, madre y oficial de la
Armada de la India que nos enseñó un poco sobre la vida en su país, con ganas
nos relató anécdotas de cómo ella ya era muy grande cuando quedó embarazada a
los 30 años. Ella había preferido volar en ala delta antes que tener hijos.
El Guardaparque que hablaba inglés.
Su sonrisa y simpatía lo hacían radiante. Nos ayudó desde el primer momento a
que podamos llegar al Safari y nos contó sobre la historia de su decisión por
ese estilo de vida.
El niño de 10 años que hablaba
perfecto español de aprenderlo con los turistas. Nos sonrió por días tratando
de convencernos con chistes y un poco de té masala de comprar unas chalinas en
el negocio de su jefe.
Son tantas las personas que me
sacaron una sonrisa que tal vez encuentro en ese solo acto mis ganas de volver.
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